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granada.
Como no es lo mismo tener sobre la conciencia (o ensuciando
el expediente) un error que un crimen, al Generalísimo y a
sus cortesanos, a sus portavoces y a sus cantores, les
convino presentar el asesinato de Federico García Lorca
como un fatal accidente. En la guerra, ya se sabe… Esa fue
la historia oficial de puertas adentro durante décadas
hasta que empezó a investigarse en la circunstancia de un
accidente (lo que es la falta de prevención) repetido
fatalmente millares de veces en aquel trienio negro.
Entre
julio de 1936 y marzo de 1939, según la información
manejada por Ian Gibson en su libro Granada, 1936. El
asesinato de García Lorca, sólo en nuestra ciudad más
de dos mil personas sufrieron el mismo tropiezo que le costó
la vida al poeta. Era la guerra, ya lo sabemos… En las líneas
que siguen, cuando se hable de Lorca se estará haciendo
también de las miles de víctimas que corrieron idéntica
(fatal) suerte. Donde dice Granada, léase España. Y
viceversa.
No
se conocen demasiados detalles del susodicho accidente, pero
su reconstrucción no es difícil; el modus operandi
era, digamos, simple. Hace setenta años, la noche que iba
del 17 al 18 de agosto, o la que iba del 18 al 19, que no se
sabe bien, Federico García Lorca fue sacado del Gobierno
Civil donde había estado retenido dos días largos. Según
un testigo casual, lo llevaban esposado a un maestro de
escuela de Pulianas: Dióscoro Galindo González. Iban
"de paseo", un eufemismo estremecedor, y el coche
o el camión o el vehículo que fuera se dirigió hacia las
afueras, hacia Víznar, a escasos kilómetros de Granada.
Allí permanecieron encerrados unas horas, imposible decir
cuántas, pero lentas, horas lentas debieron de ser, en la
planta baja de un edificio que había sido residencia de
verano para la chiquillería granadina, convertido en la última
parada de quienes habían llegado al final del camino.
Además
del maestro de Pulianas, acompañaban a Lorca dos
banderilleros anarquistas: Joaquín Arcollas Cabezas y
Francisco Galadí Melgar. Estuvieron engañados todo el
rato: les había dicho que a la mañana siguiente irían a
reparar carreteras, algo así. Pocos minutos antes de la
saca, la verdad. Y uno de los custodios contó luego que
invitó a Lorca a rezar, pero éste no recordaba ninguna
oración, y que él lo ayudó con un Yo pecador, y
que sintió alivio con la plegaria.
¡Que
subáis al camión!, tuvieron que ordenarles en un momento
dado. Y los condenados subieron, ¡cómo no hacerlo! El vehículo
arranca y enfila un camino no muy ancho; yo imagino baches.
No se oye ningún rumor. En las noches de agosto, el mundo
es casi mudo. El camión frena, acelera, frena y al poco se
detiene junto a unos olivos. ¡Que bajéis!, ordenan. Y los
condenados bajan, ¡qué hacer si no! Si era noche cerrada,
se ayudaron de los faros del vehículo; si empezaba a
clarear, no haría menester ningún auxilio: bastaba con
apuntar a los bultos.
Según
parece, a Lorca lo remataron de un pistoletazo en la nuca
pues se resistía a morir el muy cabrón, se resistía….
Los verdugos regresaron a Granada –¿con prisa? ¿sin
ella?– dejando los cadáveres descansando en una almohada
de sangre. Ahora les tocaba a los enterradores, que tampoco
debían andarse con muchos miramientos: un agujero donde
cupieran los cuatro fiambres, uno encima de otro, y la
tierra justa para cubrir esa vergüenza. Nada más.
Las
teorías sobre el porqué del asesinato de Lorca son muchas
y van de lo general a lo personal. Hay quienes creen que cayó
como represalia a la noticia (luego se descubriría que
falsa) de la ejecución de Jacinto Benavente en territorio
republicano; otros hablan de una lucha de poder entre
falangistas. Ninguna explicación satisface a todos y siguen
buscándose móviles. Hay quien afirma que lo mataron por
homosexual, una tesis grata por el franquismo pues alejaba
el crimen del plano político; hubo homofobia de por medio,
desde luego: recuérdese que Juan Luis Trescastro, uno de
los ejecutores de Lorca, alardeaba de haberle descerrajado
dos tiros en el culo "por maricón". Hace unos días,
en este mismo periódico (Granada Hoy, 4-VIII-2006),
el historiador Miguel Francisco Caballero retomaba una
explicación de amplio predicamento en Granada, pero no
refrendada hasta ahora por ninguna autoridad: que al poeta
lo mataron unos parientes por unas viejas rencillas
familiares. Algo de verdad pudiera haber, pues Trescastro
estaba emparentado con el padre, pero yo no consigo sustraer
el destino de Lorca del que se llevó por delante al maestro
republicano y a los banderilleros anarquistas.
La
muerte de Lorca no fue el resultado de un triste azar, sino
la puesta en práctica del programa de exterminio con el que
las fuerzas nacionales pretendían borrar del mapa a los
opositores de una España anacrónica –ellos llamaban
eterna– y que implantaron, aún, su buen medio siglo. En
su magnífico libro sobre la Guerra Civil, Anthony Beevor
escribe: "La represión que llevaron a cabo los
nacionales no fue tanto la consecuencia de los
enfrentamientos como uno de los requisitos del golpe de
estado". Y es que, aunque algunos historiadores no estén
de acuerdo, no creo que la calificación de
"exterminio" le venga grande a los hechos de
cuando entonces.
En
una entrevista concedida a un periodista norteamericano,
Gonzalo de Aguilera, uno de los capitanes y jefe de prensa
de Franco, confesaba que sus intenciones eran eliminar un
tercio de la población masculina y limpiar la tierra de la
mala hierba del proletariado. Como que Dios estaba de su
parte, no había más que hablar.
El
índice político sigue siendo decisivo. Los motivos
personales, si los hubo, hallaron un marco propicio en el
conflicto entre cambio social y reacción; esto es, hallaron
su coartada en la ideología de izquierdas de Federico García
Lorca. En la denuncia que lo puso ante sus ejecutores pesaría
su condición de "elemento indeseable" para el
derechismo de la época.
Lorca
había llevado demasiado lejos sus invectivas contra una
Granada reaccionaria, macha y tricornia, caciquil y
meapilas, y tenía que pagar por ello… Al final, los
muertos son todos iguales, es verdad, pero no la manera de
morir, eso no, ni las razones de la muerte, tampoco las
razones. Reunir toda la verdad de que seamos capaces no es sólo
necesario desde el punto de vista histórico, sino un deber
ético insoslayable. Y recordar también, por supuesto.
Recordar también.

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