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LOS DISCURSOS QUE NOS ATRAVIESAN


MEMORIA HISTÓRICA 70 AÑOS DEL FUSILAMIENTO DE LORCA

En una almohada de sangre
por José Abad

 

 

 

 

 

granada. Como no es lo mismo tener sobre la conciencia (o ensuciando el expediente) un error que un crimen, al Generalísimo y a sus cortesanos, a sus portavoces y a sus cantores, les convino presentar el asesinato de Federico García Lorca como un fatal accidente. En la guerra, ya se sabe… Esa fue la historia oficial de puertas adentro durante décadas hasta que empezó a investigarse en la circunstancia de un accidente (lo que es la falta de prevención) repetido fatalmente millares de veces en aquel trienio negro.

Entre julio de 1936 y marzo de 1939, según la información manejada por Ian Gibson en su libro Granada, 1936. El asesinato de García Lorca, sólo en nuestra ciudad más de dos mil personas sufrieron el mismo tropiezo que le costó la vida al poeta. Era la guerra, ya lo sabemos… En las líneas que siguen, cuando se hable de Lorca se estará haciendo también de las miles de víctimas que corrieron idéntica (fatal) suerte. Donde dice Granada, léase España. Y viceversa.

No se conocen demasiados detalles del susodicho accidente, pero su reconstrucción no es difícil; el modus operandi era, digamos, simple. Hace setenta años, la noche que iba del 17 al 18 de agosto, o la que iba del 18 al 19, que no se sabe bien, Federico García Lorca fue sacado del Gobierno Civil donde había estado retenido dos días largos. Según un testigo casual, lo llevaban esposado a un maestro de escuela de Pulianas: Dióscoro Galindo González. Iban "de paseo", un eufemismo estremecedor, y el coche o el camión o el vehículo que fuera se dirigió hacia las afueras, hacia Víznar, a escasos kilómetros de Granada. Allí permanecieron encerrados unas horas, imposible decir cuántas, pero lentas, horas lentas debieron de ser, en la planta baja de un edificio que había sido residencia de verano para la chiquillería granadina, convertido en la última parada de quienes habían llegado al final del camino.

Además del maestro de Pulianas, acompañaban a Lorca dos banderilleros anarquistas: Joaquín Arcollas Cabezas y Francisco Galadí Melgar. Estuvieron engañados todo el rato: les había dicho que a la mañana siguiente irían a reparar carreteras, algo así. Pocos minutos antes de la saca, la verdad. Y uno de los custodios contó luego que invitó a Lorca a rezar, pero éste no recordaba ninguna oración, y que él lo ayudó con un Yo pecador, y que sintió alivio con la plegaria.

¡Que subáis al camión!, tuvieron que ordenarles en un momento dado. Y los condenados subieron, ¡cómo no hacerlo! El vehículo arranca y enfila un camino no muy ancho; yo imagino baches. No se oye ningún rumor. En las noches de agosto, el mundo es casi mudo. El camión frena, acelera, frena y al poco se detiene junto a unos olivos. ¡Que bajéis!, ordenan. Y los condenados bajan, ¡qué hacer si no! Si era noche cerrada, se ayudaron de los faros del vehículo; si empezaba a clarear, no haría menester ningún auxilio: bastaba con apuntar a los bultos.

Según parece, a Lorca lo remataron de un pistoletazo en la nuca pues se resistía a morir el muy cabrón, se resistía…. Los verdugos regresaron a Granada –¿con prisa? ¿sin ella?– dejando los cadáveres descansando en una almohada de sangre. Ahora les tocaba a los enterradores, que tampoco debían andarse con muchos miramientos: un agujero donde cupieran los cuatro fiambres, uno encima de otro, y la tierra justa para cubrir esa vergüenza. Nada más.

Las teorías sobre el porqué del asesinato de Lorca son muchas y van de lo general a lo personal. Hay quienes creen que cayó como represalia a la noticia (luego se descubriría que falsa) de la ejecución de Jacinto Benavente en territorio republicano; otros hablan de una lucha de poder entre falangistas. Ninguna explicación satisface a todos y siguen buscándose móviles. Hay quien afirma que lo mataron por homosexual, una tesis grata por el franquismo pues alejaba el crimen del plano político; hubo homofobia de por medio, desde luego: recuérdese que Juan Luis Trescastro, uno de los ejecutores de Lorca, alardeaba de haberle descerrajado dos tiros en el culo "por maricón". Hace unos días, en este mismo periódico (Granada Hoy, 4-VIII-2006), el historiador Miguel Francisco Caballero retomaba una explicación de amplio predicamento en Granada, pero no refrendada hasta ahora por ninguna autoridad: que al poeta lo mataron unos parientes por unas viejas rencillas familiares. Algo de verdad pudiera haber, pues Trescastro estaba emparentado con el padre, pero yo no consigo sustraer el destino de Lorca del que se llevó por delante al maestro republicano y a los banderilleros anarquistas.

La muerte de Lorca no fue el resultado de un triste azar, sino la puesta en práctica del programa de exterminio con el que las fuerzas nacionales pretendían borrar del mapa a los opositores de una España anacrónica –ellos llamaban eterna– y que implantaron, aún, su buen medio siglo. En su magnífico libro sobre la Guerra Civil, Anthony Beevor escribe: "La represión que llevaron a cabo los nacionales no fue tanto la consecuencia de los enfrentamientos como uno de los requisitos del golpe de estado". Y es que, aunque algunos historiadores no estén de acuerdo, no creo que la calificación de "exterminio" le venga grande a los hechos de cuando entonces.

En una entrevista concedida a un periodista norteamericano, Gonzalo de Aguilera, uno de los capitanes y jefe de prensa de Franco, confesaba que sus intenciones eran eliminar un tercio de la población masculina y limpiar la tierra de la mala hierba del proletariado. Como que Dios estaba de su parte, no había más que hablar.

El índice político sigue siendo decisivo. Los motivos personales, si los hubo, hallaron un marco propicio en el conflicto entre cambio social y reacción; esto es, hallaron su coartada en la ideología de izquierdas de Federico García Lorca. En la denuncia que lo puso ante sus ejecutores pesaría su condición de "elemento indeseable" para el derechismo de la época.

Lorca había llevado demasiado lejos sus invectivas contra una Granada reaccionaria, macha y tricornia, caciquil y meapilas, y tenía que pagar por ello… Al final, los muertos son todos iguales, es verdad, pero no la manera de morir, eso no, ni las razones de la muerte, tampoco las razones. Reunir toda la verdad de que seamos capaces no es sólo necesario desde el punto de vista histórico, sino un deber ético insoslayable. Y recordar también, por supuesto. Recordar también.

 

 

Gentileza de:http://www.diariogranadahoy.com

 

 

 

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