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10.-
Otto
Koppf no tenía oficinas. Su "despacho" estaba en la mesa de una
de las confiterías tradicionales de la ciudad. Allí leía los diarios,
cobraba los alquileres de sus locales y realizaba sus operaciones de usura
a la luz del día y al doble de los intereses de plaza. Martello encaró
hacia la mesa de Koppf cuando éste ya le hacía señas para que se
acercara a tomar un café.
Se
saludaron e intercambiaron cortesías y banalidades mientras el mozo los
atendía y los de las mesas vecinas paraban las orejas. Cuando los
parroquianos se convencieron de que no hablarían de nada trascendente y
se desentendieron de ellos, Martello se acomodó de forma de quedar de
espaldas a la concurrencia.
-
Ya me extrañaba que no viniera a verme,- dijo Koppf con calma.
-
¿Por qué?- Martello fingió una moderada sorpresa, como para no
desilusionar al viejo.
-
Estuvo en lo de Saguie...- Koppf dejó la frase sin terminar.
-
Entonces, podemos ahorrarnos un montón de tiempo los dos.
-
González del Río vino a verme por un asunto privado. - Martello enarcó
una ceja entendedora y Koppf se apuró a aclarar.- No, no es lo que se
imagina. Tenía que pagar los tratamientos de infertilidad de la mujer.
El
comisario curvó la boca hacia abajo mientras asimilaba la información. Y
esas cosas nunca son baratas. Su interlocutor se permitió una
sonrisita cómplice.
-
Cuestan fortunas, y González del Río se había dado el lujo de perder
unas cuantas. No le podía decir a su mujer que no podían pagar los
tratamientos así como así.
-
Si González estaba quebrado, ¿cómo pensaba usted que le devolvería la
plata?
-
Acepto pagos en especie. CableStar es una uvita. Como director financiero,
González del Río era desastroso, pero la empresa todavía tiene nombre.
-
Pero González no era el propietario de CableStar ni de las radios.- Fue
el turno de Martello de sorprender al viejo, que palideció y enrojeció
apenas. - La dueña es la mujer y, según ella, no son bienes gananciales.
Koppf
murmuró algo así como "pero qué hijo de puta" y recompuso su
imagen patriarcal.
-
Supongo que si Carmencita hubiera quedado embarazada, González no habría
tenido problemas en convencerla de vender CableStar.
-
Pero no quedó.
-
Lamentablemente.
-
Y usted estaba empezando a reclamar lo adeudado.
El
viejo negó con un ademán.
-
González vino a pedir más plata. Carmencita quería hacer un nuevo
intento y yo quería más garantías, imagínese.
-
O sea que la noche en que González murió...
-
Quería hablar con él sobre el nuevo préstamo. Iba a dárselo si el
aceptaba poner acciones de las radios como garantía. Las mujeres y los
chicos siempre me conmueven.
Seguro,
Don "Corleonenn".
-
Disculpe, pero, ¿cómo piensa recuperar lo que le prestó?
-
Tendré que hablar con Carmencita, explicarle. Ella es una chica
razonable.
Martello
estaba a punto de levantarse e irse cuando una pregunta se le cruzó y se
sentó de nuevo.
-
¿Gónzález le habló alguna vez de su relación con Sandra Bermúdez?
-
¿Hablar? - Koppf soltó una risita como un ladrido.- ¿Para qué? Si lo
sabía todo el mundo...
Menos
yo, que soy un caído del catre.
-
Bueno, ella también le costaría plata...
-
A Sandra le interesan las influencias de González del Río en los canales
de televisión, los contactos, los trabajitos que él pudiera conseguirle.
- Martello reparó en que Koppf hablaba de Sandra Bermúdez en presente. Claro,
todavía no se dio a conocer la identidad del cuerpo. Prefirió
mantener la confidencialidad del dato y continuó con la conversación.
-
Y que él se cobraba en especie.
-
Cualquiera en su lugar hubiera hecho lo mismo.- El viejo torció la boca
en una mueca.
-
Sabe, no termino de entender...- Koppf lo miró con atención.- González
se endeudó para pagar los tratamientos de infertilidad de su mujer; sin
embargo, su relación con Sandra Bermúdez era vox populi, amén de las
otras "canitas al aire".
-
Comisario, acá estamos acostumbrados a estas cosas. Mientras no se salgan
de sus carriles, todos nos hacemos los zonzos, esposas legítimas
inclusive. Nada más hay problemas cuando aparecen hijos
extramatrimoniales que nadie espera.
La
última frase le disparó la alarma interna a Martello y lo decidió a
hacer la siguiente visita. Quiso pagar los cafés pero Koppf insistió en
invitarlo, así que le agradeció la cortesía y los datos y se fue.
La
secretaria de María del Carmen Ayala le informó que la señora estaba
con el contador y que demoraría un poco en recibirlo.
-
Puedo esperar, - le sonrió lo más luminosamente que pudo y la secretaria
agradeció el piropo tácito.
-
¿Le sirvo un cafecito, comisario?
-
Bueno, gracias...Disculpe, no sé su nombre.
-
Analía.
La
mujer volvió con el café.
-
Analía, usted es un ángel.
-
Lástima que todos no piensen lo mismo,- cabeceó hacia la puerta del
despacho con un gesto torcido.
-
La situación debe ser difícil para todos,- contemporizó.
-
Y encima, es lo que hay. "Este" trabajo... o nada.- movió las
manos acompañando las palabras.
La
secretaria se volvió a su escritorio tapado de agendas y empezó a apilar
algunas en un extremo. Martello vio que esas tenían iniciales en dorado:
LGR.
-
Analía, ¿usted llevaba las agendas de González?
-
Todas, - se pavoneó ella.- El señor Lauro me tenía absoluta confianza.-
y "absoluta" sonó en letras de neón.
Diez
minutos después, Martello se había enterado de unas cuantas cosas y
aprendido otras tantas, que podían resumirse en un único enunciado: no
hay como una secretaria eficiente para contarle las costillas a un jefe.
Costillas que incluían horarios, viajes, gastos, actividades
"extracurriculares" y amantes fijas, todo codificado y anotado
prolijamente en diversos registros de variados grados de accesibilidad al
público en general. Las probabilidades de que Analía recibiera algún
tipo de atenciones especiales - económicas y de las otras, - por parte
del extinto zar de los medios, irían parejas a su íntimo conocimiento
del pedigrée del sujeto, conjeturó Martello.
-
¿Alguna vez Sandra Bermúdez visitó a González aquí?
-
Día por medio.- La mujer bajó un poco la voz.-
Sandra entra como Perico por su casa. Bueno, no hace falta que le
explique, ¿no?
Martello
negó con una sonrisita cómplice.
-
¿Cuándo fue la última vez que vino?
-
Y ... - se detuvo a sacar cuentas.- Hace como quince días, algo así...
Ay, Dios, justo una semana antes de lo del señor Lauro.- Se mordió el
labio.
-
¿Sandra hizo algún comentario en esa ocasión?
-
El señor Lauro le consiguió algo en Canal 10. - Analía casi susurraba.-
Debe estar bailando en una pata de contenta, imagínese. En la tele,
lejos del salame ese del marido,...
-
También iba a estar lejos de González...
La
mujer chasqueó la lengua.
-
Ella es una aprovechada, no anda con un tipo si no puede sacarle algo. A mí
me parece que él estaba medio podrido. En otro momento, él mismo la
hubiera llevado a la capital y ese día le dijo que tenía que irse sola
porque tenía una reunión. Bueno, era cierto, - excusó a su finado
jefe.- Pero al principio
cancelaba reuniones importantes para salir con ella.- La mujer hablaba con
conocimiento de causa.
Martello
recordó colateralmente que nunca hay que arrepentirse del todo por
escuchar a un chismoso y dedicó
los siguientes minutos de su máxima atención a la información con la
que Analía regalaba sus oídos.
Un tipo con cara de
contador público harto de los despelotes de sus clientes salió del
despacho, cargado con una carpeta vieja y gorda a fuerza de montones de
papeles mal acomodados. Analía lo saludó y el tipo respondió con un gruñido
que sonó a "vuelvomañana". La mujer lo anunció y lo hizo
pasar.
María
del Carmen Ayala estaba rodeada
de facturas, recibos, vales de caja y de una atmósfera algo pesada.
-
Lamento interrumpir en este momento...
-
Cualquier interrupción es bienvenida. Esto es un desastre,- la mujer se
pasó la mano por el pelo. - Hay órdenes de pago emitidas dos veces,
vales de caja sin respaldo de gastos, espacios de publicidad sin
facturar... Encima hay problemas con uno de los bancos... Necesito un café.
¿Quiere uno?
No
había alcanzado la dosis diaria máxima de alcaloides suaves y asintió
con una sonrisa. Ella despejó un espacio en donde apoyar las tazas que
Analía trajo casi enseguida y sin hacer ruido.
-
¿Cuándo se enteró de los problemas económicos de CableStar?- Martello
preguntó y ella lo miró sorprendida. Él señaló con el mentón los
papeles desparramados.
-
Ahora.- La mujer esbozó una media sonrisa triste.
-
¿Entonces, no sabía que Otto Koppf le había prestado plata a su marido?
-
¿Qué...?
-
Acabo de verlo. Me confirmó que González le debía una suma importante.
-
No me imagino los motivos...- pero a Martello le pareció que ella se los
estaba imaginando y bien.
-
Disculpe la indiscreción pero, según Koppf, ese dinero fue para pagar
tratamientos de infertilidad.
La
mirada de la mujer se volvió opaca y ella pareció hundirse en el sillón.
-
Lauro no me dijo que había pedido prestado. Ahora entiendo... - y sacudió
la cabeza.
-
Usted misma admitió que su marido había despilfarrado lo que no tenía.
Ella
hizo una pausa larga antes de responder.
-
A veces una no ve lo que no quiere ver, ¿no? Y en cualquier momento, don
Otto vendrá a reclamar lo que se le debe. Viejo de mierda, hace no sé cuánto
que anda detrás de CableStar. Parece que esta vez se va a dar el gusto,
pero no se la voy a hacer fácil,- masculló entre dientes con ferocidad
inesperada. Martello dedujo que Carmencita Ayala no era de las que le hacían
las cosas fáciles a nadie y una chispita de intuición le fulguró en algún
lugar de la cabeza.
-
Necesito hacerle unas preguntas sobre la semana previa a la muerte de su
marido.- Ella asintió distraída y él siguió.- Más precisamente, para
la fecha en que él le dijo que había terminado su relación con Sandra
Bermúdez.
La
mirada de la mujer se volvió venenosa pero no abrió la boca.
-
¿Después de esa ocasión, González volvió a hacer alguna referencia a
Sandra?
-
Se imaginará que "esa" no era mi tema de conversación
preferido.
-
Me lo imagino perfectamente. Pero se lo pregunto porque el marido de
Sandra Bermúdez aseguró que González le había conseguido un contrato
en Canal 10.
-
Habrá sido el precio por dejarlo en paz,- escupió ella con desprecio.-
Sandra no daba puntada sin hilo.
El sentido auditivo-policial de Martello le
pasó el aviso de que había algo en las palabras de Carmencita que no
cerraba. ¿Por qué habla de Sandra
en pasado?
-
¿A qué hora volvió a casa su marido la noche en que le dijo que había
cortado su relación con Sandra?
-
Alrededor de las once y media. Supongo,- agregó, pero ya había
respondido demasiado rápido y con demasiada precisión como para que
Martello pasara de largo.
-
¿Venía de verla? -preguntó.
-
No me lo iba a decir directamente, ¿no le parece? - restalló la mujer.
-
Su secretaria me confirmó que ese día su marido tuvo una reunión aquí
en el canal y que no fue a ninguna parte.
-
No es lo que Lauro me dijo a mí,- retrucó ella, con cara de "mi
palabra vale más que la de esa chiruza".
-No,
cierto. ¿Su auto tiene cristales polarizados, verdad?
-
Sí,- respondió ella, molesta.- ¿Qué tienen que ver los cristales?
-
Que no se sabe quién conduce el auto.
-
Para eso son los cristales polarizados, ¿no? - Esta vez la cara decía
"¿sos tan idiota?"
-
Por supuesto... Sabe, hay algo en todo esto que no me cierra del todo. -
La mujer lo miró sin expresión alguna.- Roberto Romero vio el auto de
González, bueno, el de ustedes, en la puerta de su casa para llevar a
Sandra Bermúdez hasta la terminal de ómnibus.
Ella
bajó las comisuras de los labios en un gesto de desentendimiento, acompañando
un encogimiento de hombros. Él insistió.
-
Pero si González tenía una reunión aquí, ¿cómo es posible que a la
misma hora fuera a buscar a Sandra para acompañarla?
-
¡Habrá mandado a alguien a buscarla! ¡Qué se yo! ¡Lo único que me
falta es preocuparme por la puta esa que bien está en donde está! - las
palabras se le amontonaron en la boca tensa de rabia.
-
Sí, yo también pensé que debía ser otra persona la que estaba en el
auto.
¿Por qué
esta mujer no me pregunta qué tiene que ver lo de Sandra Bermúdez con la
muerte de su marido? Salta como leche hervida cada vez que se la menciono,
pero habla de ella en pasado. ¿Es tan rencorosa o...? En
los últimos tiempos, la conjunción disyuntiva "o" tenía la
particularidad de desencadenar bifurcaciones en el pensamiento de Martello
que por lo general desembocaban en hipótesis desagradables. Y la hipótesis
alcanzada en esa bifurcación empezó a crecer y tomar cuerpo. "Bien
está en donde está". ¿Y en dónde se supone que está, para ella?
Tenía que conseguir más elementos de juicio para evaluar sus
suposiciones pero no podía continuar con las preguntas a María del
Carmen Ayala sin una orden del juez o sin el abogado de ella. Aunque
el que no arriesga, no gana, decía mi abuela.
-
Una última cosita...
-
¿Qué? - lo interrumpió sin gentileza.
-
¿Podría darme un detalle de sus actividades de ese día en particular?
Los
ojos de la mujer eran rendijas en la tapa de un pozo.
-
Seguro. Me fui temprano a la capital a la clínica de fertilidad y volví
a mi casa alrededor de las nueve y media de la noche.- sonrió y la
sonrisa parecía la de una yarará a punto de embucharse un ratón de
campo.
Qué horario tan conveniente. Lástima
que haya aclarado que fue a su casa adonde volvió. O sea que más
temprano podría haber estado en otra parte. En la puerta de la casa de
Sandra Bermúdez, por ejemplo.
Martello
comprendió que ya no tenía más espacio para continuar sin que la mujer
lo acusara por apremios ilegales o algo parecido.
Se
despidió murmurando un saludo que no fue correspondido.
Ya
en la calle, cruzó hasta la playa de estacionamiento en la que los
empleados y directivos de CableStar, las FM y la revista, dejaban sus
autos. El encargado estaba moviendo un autito de color gris, bastante
baqueteado por el clima y las condiciones de uso. El hombre lo saludó
obsequioso - acá
me conocen hasta los perros y yo todavía no me aprendí las calles, caviló
- y le preguntó por el auto de don Lauro. En tono profesional, Martello
aclaró que el vehículo de los González del Río continuaría
secuestrado hasta tanto concluyeran las pericias. El hombre asintió
varias veces con cara de velorio.
-
Lindo... Un autazo, viera. Nuevito, ricién estrenao. Una lástima. -
Parecía más apenado por el destino del coche que el de su propietario.
-
¿Los autos quedan siempre con las llaves puestas? - preguntó Martello,
dando una ojeada al resto de los vehículos estacionados, casi todos con
las ventanillas abiertas.
-
Y sí,- respondió el encargado, - acá e' tranquilo, ¿vio?
Cierto
que no había robos de automotores en la zona, no al menos de los más
conspicuos, razonó el comisario. ¿Quiénes manejaban el auto de González?
El encargado dijo que sólo el finado o su mujer lo usaban. ¿Nunca se lo
prestaba a algún empleado? Nooo, el hombre puso cara de sacrilegio. Para
eso estaba el "vehículo de flota", y señaló pomposamente el
autito gris que acababa de estacionar. ¿La señora de González usaba el
auto a menudo? Y sí, respondió el hombre. Se lo llevaba y lo dejaba ahí,
para el marido. ¿Le avisaba al marido? El hombre no sabía, no
preguntaba. Era la mujer, ¿no?, le avisaría. A él no le decían nada.
Martello le agradeció
y se fue caminando despacito de vuelta a la Regional.
Ilustración:
“Espirales”, Maurits C. Escher
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