Llevamos
unos días de cierta calma en Gaza.
Continúan el embargo, la falta de luz, los misiles, pero los tanques
apenas han cruzado la frontera, sin llegar a sumergirse en los pueblos y
campos de refugiados, que es lo que siempre causa más muertes.
Estamos
atentos. Esperando a ver qué sucede. Dicen aquí que, como Israel está
en la etapa final de la ofensiva
en el Líbano, necesita todas
sus fuerzas. Ya más adelante volverá a descargar su puño sobre Gaza.
Aprovecho
para reflexionar sobre los niños. Muy a menudo me pregunto cómo los
afectará toda esta violencia. Las bombas que caen por la noche, los
cuerpos de los muertos que son llevados al cementerio al día siguiente,
la gente que va armada por la calle, el bloqueo económico, los
edificios destruidos, las retratos de los hombres, mujeres y niños
asesinados por el ejército de Israel cuyos amigos y familiares pegan en
las paredes de sus casas, en los negocios, en los parabrisas de los
coches.
La
semana próxima entrevistaré a un par de psicólogos que siguen de
cerca la situación de la infancia en esta parte del mundo. Por ahora,
dos anécdotas que de algún modo representan lo que hasta el momento he
percibido de los niños de Gaza.
*
* *
Avanzo
con un periodista por las callejuelas de Beit
Hanun. Lo sigo porque le han
indicado un lugar seguro desde el cual sacar fotos de los tanques que
han entrado al campo de refugiados. Se escuchan brutales estruendos,
vemos gente que corre en dirección contraria a la nuestra.
Nos
protegemos tras un bloque de cemento. Estamos en una calle perpendicular
a donde se encuentran los tanques. Sus disparos no nos pueden alcanzar.
Aunque sí me preocupan los helicópteros Apache, que se mueven con
tanta agilidad en esta clase de escenario.
En
la otra esquina hay dos milicianos, con la cabeza encapuchada, que se
asoman esporádicamente y disparan a los tanques con sus AK 47. Acto
seguido, estos responden furiosos.
En
unos segundos nos vemos rodeados de niños pequeños que miran nuestras
cámaras, se ríen, hacen muecas, gestos divertidos, como si posaran.
Nos dicen sowarne, sowarne, que en árabe quiere decir "sácame una
foto". De fondo, siguen los ensordecedores bramidos de las bombas,
la sucesión de golpes ahogados de la metralla que se clava contra las
paredes de ladrillo levantando una nube de polvo.
El
periodista al que he seguido hasta aquí, que es ruso, les grita en árabe
que se vayan. Pero los niños no le hacen caso. Entonces baja la cámara
y me pide que lo imite. “Estos niños están locos, ignóralos que los
van a matar por nuestra culpa”, me dice.
Al
ver que no se van, que siguen a nuestro lado, de pie en medio de la
calle, se levanta y hace gestos con la mano a los milicianos para que
les digan a los pequeños que se vayan. Uno de los dos, entrado en
carnes, con los pantalones que no le cierran del todo, se saca la
capucha y se dirige gritando a los niños. No entiendo lo que dice, pero
es evidente que los está echando.
Atónitos,
observamos cómo los niños ahora cruzan la calle de una esquina a otra,
desafiando a los tanques, alterados, fuera de sí, como si estuvieran en
una fiesta, como si todo esto fuera un juego, como si una fuerza
ingobernable tirase de ellos, en medio del ruido y los disparos. No lo
entiendo. Cojo mi cámara y me voy.
*
* *
Mientras
avanzamos en el coche rumbo a Beit
Lahia, converso con mi buen
amigo Kayed acerca de las armas de juguete. Le comento que me sorprende
que casi todos los niños tengan una, ya sea las réplicas de plástico
de M16, que son extraordinariamente fieles a los originales, o unas
mucho más simples hechas con trozos de madera unidos por clavos.
Quiero
saber si se trata de un mero acto de imitación de los adultos, en esta
sociedad que parece estar, sin excepciones, en pie de guerra contra el
enemigo. O si entraña algo más profundo que no logro atisbar.
Kayed
me explica que, cuando su hijo mayor comenzó a ir a al escuela el año
pasado, lo primero que le pidió fue que le comprara una ametralladora
de juguete que había visto en una tienda del barrio. Hasta ese momento
no salía solo de casa más que para encontrarse con sus vecinos. Pero
ahora se veía obligado a recorrer varias manzanas cada mañana para
poder asistir a clase.
-
¿No prefieres que te compre un coche de carrera o unas paletas para
jugar con tus amigos? Las armas no me gustan, aunque sean de juguete –
me cuenta Kayed que le dijo a su hijo, que tiene cinco años de edad.
-
No papá, necesito una ametralladora. Y si aparece un tanque en la calle
¿qué hago?