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Hay que repetirlo tantas veces como sea
necesario: la lógica belicista es perversa.
Lo es, porque razona a partir de premisas éticamente inaceptables. Son
las que justifican el exterminio del hombre por el hombre. Sea quien fuere
el que las adopte, no hace otra cosa que camuflar sus propios crímenes,
presentándolos como si no lo fueran; pretendiendo hacer creer que crímenes
son los que él padece, nunca los que produce.
Se trata, claro está, de un procedimiento hipócrita y brutal. Consiste
en identificar al enemigo con el mal y a sí mismo con el bien. El núcleo
de la lógica belicista se reduce, en suma, al maniqueísmo.
A Israel le sobran argumentos para justificar, desde esa lógica
belicista, el ataque al Líbano, el bombardeo de sus edificios, la
aniquilación de su gente.
Hezbollah, respaldado por Siria e Irán, cree contar igualmente con múltiples
argumentos a su favor. En nombre de ellos, y ajustándose de igual modo a
los imperativos de esa lógica guerrera, golpea ciudades israelíes,
practica el terrorismo dentro y fuera de Israel, como lo hizo en la
Argentina; inmola vidas propias y destruye vidas ajenas. Y todo
ello bajo la presunta bandera de la justicia.
Como se ve, argumentos distintos respaldan, en uno y otro caso, una
misma conducta tanática.
Yo lo sé: Israel no es un Estado terrorista. Es una democracia estricta y
atormentada. Pero tampoco está integrada por terroristas la inmensa mayoría
del pueblo palestino. Ni son terroristas los hombres, mujeres y niños
libaneses que, en estos días sin luz, están entrampados entre el cañoneo
israelí y la metralla de Hezbollah.
Podríamos, no obstante, no reflexionar desde el imperativo ético y tomar
partido; politizar sin más la cuestión. Vociferaríamos, entonces, según
cada quien, a favor o en contra de Israel; a favor o en contra de
Hezbollah.
Mi propuesta es otra. Es más ecuánime y, en esa medida, más
exigente. Consiste en reflexionar desde la ética, no desde la pasión
maniquea. Consiste en subordinar la argumentación -toda la argumentación-
al mandamiento "No matarás". Si decidimos seguir soslayándolo,
cuanto se haga estará justificado. Yo propongo restablecer su vigencia.
Se me dirá, lo sé, que con ello nada práctico conseguiremos. Se me
dirá que mi propuesta no es realista. Me gustaría saber qué logro
esencial se ha alcanzado desoyendo ese mandamiento. Quisiera saber adónde
nos ha conducido el realismo que prescinde de él.
De modo que si optamos por pensar, por lo que se dice pensar, habrá
que saltar el cerco de la lógica belicista. Eso, claro está, si se
aspira a hablar de valores humanos universales. Si se prefiere al
provincianismo axiológico, no será necesario. Bastará con desenfundar a
tiempo y disparar con la resolución de quien encarna la verdad.
La perspectiva ética
Si se opta por la perspectiva
ética, no se convalidará jamás el crimen de la guerra.
Que no sepamos vivir sin matarnos no significa que, al hacerlo, sepamos
vivir. Decidirse por la primacía de la lógica de la ética, seguramente
no resolverá el conflicto, pero, por lo menos, permitirá denunciar su
medular mistificación ideológica e impedirá que la complicidad con el
delito sea asimilada impunemente a la razonabilidad y el derecho; esa
complicidad y ese delito en los que con tanta liviandad incurren quienes
pretenden justificar los crímenes cometidos por uno y otro bando, concibiéndolos
como actos de legítima defensa.
La lucidez indispensable no puede confabularse con la lógica
belicista. No puede supeditar a sus exigencias siniestras la honestidad
intelectual. No se trata de arrogarse la tenencia de una solución
harto compleja y tan difícil de aplicar. Se trata, en primerísimo
lugar, de salvaguardar del menoscabo esa razón moral que hace del valor
sagrado de la vida su centro no negociable. Se trata de denunciar
incansablemente la manipulación a que intentan someterla los intereses
sectoriales esgrimidos por cada una de las partes que promueven, directa o
indirectamente, esta masacre.
Nadie tiene razón donde la defensa del crimen de la guerra resulta
imprescindible. Quien lo haga, tiene intereses, pasiones, pretensiones que
no se atreve a presentar al desnudo y aspira a enmascarar para hacerlas
pasar por lo que no son. Debemos, por eso, negarnos tantas veces como
haga falta a conceder estatuto moral a las exigencias de la realpolitik
.
Bien cierto puede ser que nunca se logre erradicar la práctica de la
guerra. Pero lo mejor del hombre está unido a la repugnancia que
le produce esa fatalidad y a la indignación y la tenacidad con que se
empeña en evitarla. El pacifismo como ideal puede parecer una ingenuidad,
pero el belicismo como posicionamiento es un delito.
Se me dirá y se me repetirá que con planteos como éste no se contribuirá
a resolver la crisis del Líbano. Pues bien: sin planteos como éste, sólo
se justificará, mediante mil subterfugios, la destrucción del Líbano y
el odio a Israel.
Hay que optar. La lógica de la guerra prospera despreciando el
sufrimiento que ocasiona y la preciosa singularidad de cada vida que
destruye. La lógica solidaria, en cambio, se niega a hacerlo. Santifica
la vida, cada vida. Que la Tierra no llegue a ser nunca un paraíso no
autoriza a convalidar el infierno en que vivimos.
"En los años que vendrán -escribió Albert
Camus hacia 1950-, una interminable lucha va a
desarrollarse entre la violencia y la predicación. Es cierto que las
posibilidades de la primera son mil veces más grandes que las de la última.
Pero yo siempre he pensado que si el hombre que tiene esperanzas dentro
de la condición humana es un loco, el que desespera de los
acontecimientos es un cobarde. Y, en adelante, el único honor será el de
sostener, obstinadamente, ese formidable pleito que decidirá por fin si
las palabras son más fuertes que las balas."
Gentileza:
diario "La Nación"
Ilustración:
"No matarás" de Raúl Alonso
Gentileza: Galería Zurbarán
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