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Esas críticas, afortunadamente, resultaron tan fugaces como
insignificantes, y a veinte años de la muerte de Borges su obra es
reconocida como uno de los más valiosos aportes a la cultura argentina. “No
hay un escritor más argentino que Borges –escribió Beatriz Sarlo–:
él se interrogó, como nadie, sobre la forma de la literatura en una nación
culturalmente periférica. Escribió en un encuentro de caminos. Su obra
no es tersa ni se instala del todo en ninguna parte: ni en el criollismo
vanguardista de sus primeros libros, ni en la erudición heteróclita de
sus cuentos, falsos cuentos, ensayos y falsos ensayos, a partir de los años
cuarenta. Por el contrario, la obra de Borges está perturbada por la
conciencia de la mezcla y la nostalgia por una literatura (europea) que un
latinoamericano nunca vive del todo como naturaleza original. A pesar de
la perfecta felicidad del estilo, la obra de Borges tiene en el centro una
grieta: se desplaza por el filo de varias culturas, que se tocan en sus
bordes”.
Más allá de que Borges es, efectivamente, emblema de nuestra
nacionalidad –porque su obra es una incesante representación de
nuestros encuentros y desencuentros– su muerte en Ginebra posee un
perfil simbólico que raramente se señala y que, sin embargo, puede ser
de interés para los visitantes de este portal.
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Poco antes, en 1913, había comenzado esos estudios en el Colegio Nacional
N° 6 Manuel Belgrano, de Buenos Aires, pero debió interrumpirlos al año
siguiente para trasladarse con su familia a Ginebra. Allí se inscribe en
el College Calvin, donde haría amistad con distintos compañeros de
clase, entre ellos Maurice Abramowicz.
Casi setenta años después, en 1985, Borges es un escritor de fama
internacional y publica el que sería su último libro, Los conjurados.
Ese año regresa, definitivamente, a la ciudad donde había transcurrido
su adolescencia.
Los conjurados es un hermoso libro, en cuyo Prólogo Borges
escribió: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como
la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un
instante, en el paraíso. No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya
escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más
desdichados. La belleza no es privilegio de unos cuantos hombres
ilustres”. El texto termina así: “Dicto este prólogo en
una de mis patrias, Ginebra” .
Entre los poemas de ese libro hay dos, sucesivos, en los que Borges se
dirige a Maurice Abramowicz, aquel remoto compañero del colegio
secundario. Y en uno de ellos le dice: “Durante la primera guerra,
mientras se mataban los hombres, soñamos los dos sueños que se llamaron
Laforgue y Baudelaire. Descubrimos las cosas que descubren todos los jóvenes:
el ignorante amor, la ironía, el anhelo de ser Raskolnikov o el príncipe
Hamlet, las palabras y los ponientes”.
Es muy probable que el regreso final a Ginebra haya sido para Borges el
fin de un exilio. Aquel joven, que había sido expulsado de su
adolescencia para que comenzara a cargar el peso del desencanto, el
escepticismo, la desilusión de los adultos, al irse de Ginebra había
perdido menos una ciudad, un paisaje o una geografía que un grupo de
amigos con los que compartió las aulas del colegio secundario. El retorno
fue, seguramente, tan ilusorio como verdadero. El último sueño de ese
viejo y cansado escritor argentino.
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