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Ella pasa. Los hombres la desean con rabia y la rabia se
les reconcentra en la entrepierna. Ella lo sabe y demora un poco más en
pasar, para que puedan extender su deseo y su rabia hasta el límite de lo
decente. Alguno suelta una guarangada, pero es nada más que calentura sin
literatura: alguien un poquito más educado diría algo menos grosero. A
ella no le importa: la obscenidad que le dedican es una muestra más de la
admiración que despierta.
Pasa apartándose de la cara la cabellera siempre
revuelta, como si le molestara; se enrosca un rulo en un dedo, lo suelta
y se chupa el dedo, distraída. Pero no está distraída: está
atenta a las miradas venenosas de las otras mujeres que envidian su
belleza vulgar, que critican sus labios demasiado voluptuosos delineados
como los de una vedette; que rehuyen sus ojos siempre maquillados para
simular una sorpresa que está lejos de sentir.
Le gusta el juego de provocar y el de las habladurías,
porque sabe que todos hablan de lo que no conocen. Ella elige a sus
amantes entre los hombres temerosos del escándalo. ¿Para qué complacer
a un soltero que se vanagloriará de su conquista, cuando los casados son
discretos a la fuerza? Además, el estado civil de sus víctimas le
permite obtener sus verdaderos objetos de deseo. Porque ella no desea al
hombre sino lo que pueda conseguir de él. Quizás sea ese el verdadero
motivo de la generalizada aversión femenina que despierta. Ella consigue
lo que las otras no pueden y lo exhibe en un despliegue de poder femenino
que se cree inmune a la maledicencia y la envidia.
Se ve que no conoce el verdadero peligro que corre. La
envidia mata.
8.-
Una
noche de descanso hace milagros y Martello era creyente devoto. Se despertó
a las seis y media, despejado y muerto de hambre porque tampoco había
cenado. Saltó de la cama y se preparó mate. Después de la ducha hizo un
poco de tiempo para esperar a que abriera su boliche favorito, que era el
que conseguía las mejores mediaslunas de la ciudad, hazaña nada
despreciable teniendo en cuenta la escasez de pasteleros dignos de tal
nombre en la localidad.
A
las ocho se acomodó en un rinconcito tibio lejos de las ventanas del
local y se despachó media docena de mediaslunas de un tirón, rociadas
con dos tazas de café con leche mientras leía los diarios de la mañana.
Los diarios de Buenos Aires no habían llegado todavía, pero él ya casi
no los leía. A veces le parecía que Buenos Aires estaba en otra dimensión,
lejana, indescifrable e impermeable a las minúsculas miserias de todos
los días del interior. Monstruosa y megalocefálica, su vientre de
dimensiones cósmicas devoraba las catástrofes que ella misma producía.
Las relaciones interpersonales morían ahogadas en el mar del anonimato
del ascensor de una torre de Catalinas. Buenos Aires te vomitaba en la
cara su esplendor, su poderío y su indiferencia con las multitudes que
todos los días y a cualquier hora, salían de los trenes, los colectivos
y los subtes, los edificios-torre y las villas, sin mirarte, sin hablarte
y sin pedir permiso. No había lugar para el chisme diminuto y meticuloso
que reunía a los vecinos en la cola del banco ni para la charla morosa en
el mostrador del almacén. Todo era instantáneo: debía serlo para poder
sobrevivir.
Él
lo había intentado y había fracasado. Hacía mucho, ¿o quizás no
tanto?, con Laura. Todavía le seguía doliendo, llaga que se negaba a
curarse y que él ocultaba pudoroso para que no le vieran la carne y el
alma lastimadas. Había intentado entenderla, contenerla y amarla, pero
Laura se alejaba cada vez más, hundiéndose en sí misma. Él no había
visto - o no había querido ver -, el mal que le carcomía la mirada
hundida y la voz cansada, dejándola sin fuerzas para querer seguir viva.
Él
había creído que podría ayudarla y no entendió que Laura estaba más
allá de todo auxilio. Como
la noche en que llegó y la encontró amortajada en su propia piel, tirada
en la cama de sangre, con los ojos enormes que lo miraban para siempre.
Durante
un tiempo anduvo a los tumbos, sin poder explicarle a nadie que ese día
él no quería llegar tarde, que estaba preocupado por ella, que la quería,
que se sentía culpable.
Después,
cuando aceptó la ayuda que a Laura no le había bastado para salvarse, le
explicaron que no era suya la culpa. Que Laura estaba inalcanzablemente
enferma y que él solo jamás hubiera podido redimirla de su frenesí de
muerte. Él trató de comprender y logró hacerlo intelectualmente, que
fue lo que en definitiva le resguardó la vida y la cordura. Pero en su
corazon perduraba todavía el reproche que los ojos muertos de Laura le
gritarían cada día de su existencia.
"Usted
no la mató. La ayudó todo lo que pudo, la trajo a la consulta, la alentó
con los tratamientos. Los trastornos maníaco-depresivos no se curan, se
manejan. Laura llegó a un punto más allá de cualquier ayuda. Lo único
que la hubiera salvado del
suicidio hubiera sido la internación, y a la larga eso quizás también la hubiera matado. Viva en paz."
Así
que para vivir en paz se alejó de esa Buenos Aires que lo espantaba
porque no la entendía, como no había entendido a Laura.
¿Había
alcanzado la paz? En parte. La rutina del trabajo mantenía a raya sus
fantasmas casi todo el tiempo, tanto que creyó estar curado. Entonces
conoció a Magda y la llaga supuró de nuevo, como si le reprochara su
abandono. Pero se rebeló, porque quería vivir y aunque tenía miedo de
empezar de nuevo, tenía el coraje de atreverse.
-
¿Jefe, le cobro?
-
¿Eh? Sí, Ramón, cóbreme que se me hace tarde.
Los
teléfonos de la Regional hervían.
-
¡Comisario! - gritó Bustos tapando el micrófono de uno.- ¡Llamó el
forense, que lo llame!
Cabeceó
un sí y se escabulló antes de que Cáceres le pusiera al habla con un
noticiero de la capital. El cabo hacía señas como un molino de viento
mientras farfullaba "¡Canal 10! ¡Canal 10!" y señalaba el
auricular, excitado.
-
No hay declaraciones. Todo está bajo secreto de sumario,- y le hizo un
gesto con la mano para que contestara en su lugar.
Cáceres
pareció crecer: cuadró los hombros y repitió la frase sin comerse ni
una ese final. Bueno, la frase tenía una sola. Cerró la puerta y llamó a Lynch, que le informó lo que él
ya sabía: que González estaba alcoholizado la noche del accidente. A su
vez, Martello lo puso en antecedentes sobre el peritaje mecánico. Lynch
se quedó en silencio y después dijo:
-
Una combinación fatal. Si hubiera estado sobrio, quién sabe se salvaba.
Si yo no lo hubiera dejado ir, así, medio borracho... se
reprochó el comisario pero se guardó la información. No hubiera tenido
modo de detenerlo, asustado como estaba González, a menos que lo hubiera
arrestado por ebriedad. Y
uno no hace eso con sus invitados.
-
Iba demasiado rápido,- fue lo único que le respondió al forense.
Golpearon
a la puerta, dijo "Pase" y el agente Álvarez entró con la pila
habitual de papelería para firmar. Escabullida entre los expedientes para
archivo, estaba la planilla mensual de gastos. La revisó a conciencia
para asegurarse de que se correspondía con sus propios registros y
encontró una diferencia en el rubro "Combustibles". Salió del
despacho planilla en mano, para verificar con los responsables de los
patrulleros cuándo se había producido la erogación extraordinaria. No
sería la primera vez ni la última que algún uniformado - de cualquier
rango y número de galones, eso lo había comprobado durante su estadía
en la Central provincial, - llenara
su propio tanque a expensas del presupuesto oficial.
El
inconveniente se solucionó cuando ingresaron los hombres de la patrulla
nocturna. Sí tenían el vale con la autorización pero no habían cargado
el combustible la noche anterior sino ese día por la mañana. Le
entregaron el ticket de la estación de servicio y Martello, en paz con su
conciencia, agregó el dato y firmó la planilla. Se la estaba entregando
a Álvarez cuando entró un hombre de aspecto consumido y piel oscura y
resquebrajada por años de sol impío, como muchos de los lugareños históricos.
Miraba para todos lados, sin saber a quién dirigirse. La agente de turno
en el mostrador lo llamó dos veces: "Señor, señor", y el
hombre la miró sorprendido. Se acercó y habló en susurros, lo mismo que
en un confesionario. Martello, que le daba la espalda al hombre, vio los
ojos de la agente abrirse con alarma. La mujer hizo que el hombre se
sentara y lo llamó.
-
Comisario, este hombre dice haber encontrado un cuerpo.
Martello
volteó y lo miró, y el hombre le sostuvo la mirada.
-
Tómele la exposición.
-
Venga, señor,- la agente llamó al hombre y lo hizo pasar detrás del
mostrador mientras se acomodaba delante de la tatarabuela de las máquinas
de escribir eléctricas. Con voz monótona y dicción empastada por la
falta de varias piezas dentarias, el hombrecito desgranó la historia de
su hallazgo.
Martello
preguntó si podía acompañarlos en un móvil para señalarles el sitio
exacto y el hombre asintió. Sentado
junto al conductor, les indicó el camino. El comisario seguía sin
habituarse al uso local de desconocer los nombres de calles, avenidas,
rutas y puntos cardinales y en cambio guiarse por la topografía del
paisaje para llegar a cualquier parte. Menos mal que sus subordinados eran
nativos y conocían los cruces por los árboles, las ruinas de algún
almacén de ramos generales de tiempos idos o la casa de algún vecino más
o menos conspicuo que servía de mojón. Martello se sentía un explorador
del África Negra de los tiempos de Livingston, buscando las fuentes del
Nilo y pifiándole fiero.
Sin
embargo, inclusive él se dio cuenta de que no iban camino del barranco en
el que habían encontrado el cuerpo de Gaudet y se desilusionó. Casi había
abrigado la macabra esperanza de que el hallazgo tuviera relación con la
muerte del empresario.
Bajaron
con cuidado por el barranco, agarrándose de ramas retorcidas llenas de
clavel del aire y de raíces viejas desenterradas. El suelo estaba
cubierto por un colchón de hojarasca húmeda
que
olía a leve podredumbre vegetal. A medida que descendían el olor cambió,
volviéndose cada vez más
dulzón y penetrante hasta hacerse ofensivo. El olor nauseabundo de la
carne muerta.
-
Aiá,- el hombre señaló un bulto y se los quedó mirando con ojos de
perro hambreado. Estaba claro que él no volvería a bajar.
Martello
se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo y avanzó cuesta abajo. El
bulto exhibía jirones mugrientos de prendas de vestir rojas. Mechones de
pelo húmedo y revuelto cubrían piadosamente lo que había sido un
rostro. En el cuello brillaban una cadena y algo más. Se acercó
aguantando la respiración para ver mejor el dije: una "S"
dorada, dentro de un circulo. El
anular izquierdo aparecía deformado en la base por un anillo también
dorado. Sin tocar nada, trepó por la pendiente y le hizo señas a sus
acompañantes, que se habían quedado quietecitos en donde estaban. Quién
sabe si la parálisis se debía al azoramiento ante la audacia de su
superior o el espanto por la posibilidad cierta de encontrarse cara a cara
con un cadáver en no muy buen estado de conservación. Martello se guardó
las opiniones sobre su personal subalterno y llamó a la morgue.
De
vuelta en la Regional, Cáceres se acercó presuroso con un café caliente
y el comisario aprovechó para pedirle que verificara las denuncias
recientes de desapariciones de personas. En la cocina, el mate esperaría
a los valientes agentes del orden que habían llevado a cabo el operativo
de recuperación del cuerpo, así que mejor que el oficial de mayor rango
de la Regional se armara de paciencia. La paciencia tampoco le vendría
mal cuando empezaran los llamados al directo del mencionado oficial, tan
pronto como se conociera la noticia del nuevo óbito. Demasiadas
muertes en demasiado poco tiempo para un sitio como éste. En cualquier
momento me empiezan a tirar de las bolas, meditó Martello camino de
su oficina, acompañado del único testigo del caso.
Repasó
la declaración mientras el hombre esperaba con paciencia y expresión tótemicas.
-¿Qué
hacía en ese lugar? - preguntó con brusquedad.
-
Y... sé andar juntando leña chica p'a la estufa. A vece' sabe habé
tronco má grande y entonce voy con lo' hijo p'a que m'ayude a cargálo.
-
¿Cuándo fue a juntar leña por última vez?- Martello insistió sin
dejarse conmover por la imagen del padre abnegado socorrido por su prole.
El
día anterior, claro. Qué pregunta boluda. ¿Y antes de eso? El hombre hizo memoria.
-
La semana pasada. Dispué no hizo tanto frío, pero antiiér empezó otra
vé asi que me jui a juntá.
¿Vivía
cerca? Y sí. ¿Cuánto? Unas quince, veinte cuadras. Martello miró el
cuerpo enjuto y nudoso a fuerza de trabajo bruto, sin vacaciones,
aguinaldo ni obra social. Después miró los ojos oscuros como el orozuz,
apenas velados por las cataratas incipientes. ¿Cómo se ganaba la vida?
Había trabajado en las canteras pero los pulmones se le habían
endurecido y ya no podía seguir, así que hacía changas de lo que
saliera. Los hijos ayudaban cuando podían: él prefería que fueran a la
escuela. Sintió vergüenza por haber dudado de ese hombre, que era
incapaz de mentir porque su dignidad no se lo permitía. Le dio las
gracias por el testimonio y le dijo que podía irse.
O sea que la tiraron ahí hace una semana a lo sumo. El estado de
descomposición parecía corresponderse con las fechas. De acuerdo con la
evidencia, "S" estaba casada. ¿Por qué no hay denuncia de la desaparición? Por lo general, la
respuesta a una pregunta semejante es: 'Porque el marido es el asesino'. Tampoco
era cuestión de prejuzgar.
Miró
la hora: las ocho y media de una noche helada. Había vuelto a saltarse el
almuerzo y el cuerpo le reclamaba combustible. Llamó al
"Belvedere" nada más que para recordar que era miércoles, que
desde hacía un mes el restaurante cerraba los miércoles y que Magda
aprovechaba para bajar a la capital a hacer compras. Con un pinchacito de
decepción se fue a su casa y pidió una pizza y media docena de
empanadas. Mientras empujaba las empanadas con cerveza, decidió que lo
primero que haría al día siguiente sería ir a ver a la viuda de González
y acomodar todos los horarios y compromisos para estar libre e ir a cenar
a lo de Magda.
Encontró
a María del Carmen Ayala viuda de González del Río en las oficinas de
CableStar, más precisamente en el despacho del extinto director. No se veía
muy apenada por la lamentable pérdida: más bien daba la sensación de
una ejecutiva muy ocupada y sin tiempo que desperdiciar.
Lo
mismo que el finado, la señora Ayala estaba hablando por teléfono cuando
la secretaria lo hizo pasar al despacho. Martello no se perdió la mirada
huidiza de la mujer y sus modales apresurados, amén del cambio de
vestuario, todo lo cual contrastaba con el aspecto seguro, el pantalón
ajustado y el andar envanecido con que lo había hecho pasar cuando
visitara a González. Semejante cambio podía significar varias cosas, a
saber: a) que el desconsuelo de la señora Ayala se había transmitido a
sus empleados, b) que la señora Ayala tenía previsto un downsizing
con posterior reingeneering
del imperio mediático, o c) que la señora Ayala estaba al tanto de los
diversos grados de simpatía y mutua amistad entre su finado marido y el
personal femenino y no le gustaba ni medio.
La
mujer colgó el teléfono e intercambiaron saludos corteses.
-
¿Hay alguna novedad? - preguntó ella con voz neutra.
-
Recibimos un preliminar de la pericia mecánica.- Hizo una pausa mientras
la secretaria dejaba los pocillos de café sobre el escritorio, salía y
cerraba la puerta.- El auto no tenía líquido de frenos en el momento del
accidente. El circuito estaba completamente vacío.
Ella
asintió despacio, absorbiendo la noticia.
-
Necesito hacerle algunas preguntas respecto de su marido. - Ella se acomodó
en el sillón sin hablar y sin dejar de mirarlo.- ¿González tenía algún...,
cómo decirlo, ...
-
¿Enemigo? ¿Gente a la que le caía mal? ¿A la que había cagado? ¿A la
que le debía algo más que plata? - Por primera vez la mujer esbozó una
sonrisa cínica.
-
Podría decirse,- respondió Martello en tono llano.
La
mueca de la boca femenina se hizo despectiva.
-
La mitad de la ciudad, la mayor parte de sus familiares entre los que me
incluyo, ex-compañeros de trabajo de cuando estaba en la capital...
-
¿En Buenos Aires?
-
No, acá, en Canal 10. En Buenos Aires no hubiera pasado de chofer de móvil
de exteriores, pero en el interior cualquier pinche hace televisión.
-
¿Cómo consiguió entonces manejar tantos medios?
-
En estos lugares cualquiera tiene un canal de cable y dos o tres FM de
morondanga.
-
Que ahora son suyos.
-
Siempre fueron míos,- la mujer siseó como una víbora. - Lauro manejaba
todo porque yo se lo permití o porque se fue tomando demasiadas
atribuciones. Pero todo esto es mío: mi padre me dejó las acciones de
las radios y la distribución de televisión por cable en la región.
CableStar lo empecé yo y después Lauro se metió para darle "una
vuelta de tuerca" a las programaciones. Y yo fui tan imbécil que lo
dejé.
-
Entonces la muerte de su marido la benefició.
María
del Carmen Ayala se incorporó en el asiento.
-
Si lo que insinúa es que yo lo maté, no pierda el tiempo. Nada de lo mío
le pertenecía, ni siquiera como bien ganancial, aunque él hiciera de
cuenta que sí y despilfarrara lo que no tenía.
-
¿Su marido mantenía alguna relación de la que se supone usted no estaba
enterada? - preguntó Martello, apuntando a la información que le había
dado Saguie.
-
¡Ja! ¿Una? - la risa era desagradable.- Si pongo en fila a todas las
chiruzas a las que le prometió trabajar en televisión a cambio de un
polvo, la cola llega hasta la plaza.
-
Yo me refería a una relación estable.- Martello aclaró calmo. La mirada
envenenada de la mujer se lo confirmó antes que le respondiera.
-
Me había prometido dejarla.
-
¿Usted la conocía?
Otra
vez la mirada como una puñalada.
-
Todos la conocen, ¿quién no? Sandrita Bermúdez. - El
"Sandrita" restalló en la boca de la mujer como un latigazo.
Martello recordó el dije en el cuello del cadáver y el estómago
le dio un pinchacito de aviso.
-
¿Cuándo fue la última vez que discutió con su marido por ella?
Ella
se quedó pensando, los ojos bajos.
-
La semana pasada, diez días, no sé. Ahí le dije que nos divorciábamos
y que lo iba a dejar en la calle.- Dejó pasar una pausa que Martello no
interrumpió.- Me juró que esta vez la dejaba. Que no la quería, que lo
perdonara, todas esas estupideces.- La mujer apretó los labios pero no
pudo contener el quiebre de la voz.
Lo
quisiste mucho, ¿no es cierto? Él te cagaba y vos lo perdonabas. El
comisario bajó la mirada hasta sus manos entrelazadas.
-
¿Qué pasó después de esa discusión?
-
Me dijo que la había dejado. Que era definitivo, que se había dado
cuenta de que estaba equivocado... Que ella no nos iba a joder más. - La
mirada femenina se perdió por las paredes del despacho.
Martello
meditó la última frase y una sensación familiar empezó a caminarle por
la espalda. ¿Demasiadas coincidencias? ¿Casualidad? No podía descartar
ninguna hipótesis, pero su mentecita paranoica se había agarrado de una
y lo chicaneaba, empujándolo a imaginarse posibles situaciones de
homicidio en primer grado. Suficiente
por hoy. Se levantó y le tendió la mano a la mujer.
-
Posiblemente vuelva a hacerle algunas preguntas más.
-
Está bien. No hay problema.
De
vuelta en la Regional, ordenó que localizaran a Sandra o Sandrita Bermúdez.
No habían pasado ni veinte minutos que Bustos entró con cara de
preocupación.
-
Jefe, ¿mandó buscar a la Sandrita?
-
¿Cuántas Sandra Bermúdez hay acá?
-
Que yo sepa, ella y nada más.
-
Bien, entonces, búsquenla y cítenla. Tengo que hablar con ella.
-
¿No sabe quién es?- Ante lo obvio de su expresión, Bustos explicó - La
chica del videoclú. Esa de pelo largo medio colorado, alta, bien
puesta...- hizo una serie de gestos muy aclaratorios con las manos a la
altura del pecho y las caderas de una mujer imaginaria.
Así que esa es Sandrita. Evocó a la mujer y su andar sinuoso de
provocadora profesional. Sí, la había visto en la puerta del videoclub,
exhibiéndose para regocijo y exasperación de los pobres mortales.
-
Bien, entonces. Dígale que el comisario quiere invitarla a tomar un café
en la Regional.
Bustos
salió y volvió a los cinco minutos.
-
¿Y si le llamo al marido?
-
Ah, es casada, - dijo más para sí que para el otro.
-
¡Uh, cuánto hace! Con el "Termo" Romero.
Era
evidente que su ignorancia en materia social se hacía más patente cada día
que pasaba en la ciudad. Pero, bueno, tampoco había tenido tanto tiempo
como para ponerse al tanto de las "socialites" locales.
-
¿Por qué él y no ella?
-
Porque la Sandrita hace una semana que se fue a la capital a trabajar en
la tele.
Más coincidencias. No prejuzgues,
esperá la evidencia.
-
¿Y usted cómo lo sabe?
-
Mi mamá es comadre de la tía de la Sandrita. Y la comadre le contó que
la sobrina había conseguido un contrato en Canal 10.
-
Mire qué bien,- murmuró Martello, evaluando lasposibilidades de que ese
"contrato" fuera una de las tantas promesas incumplidas del
finado Lauro González.
-
Si quiere lo llamo al Romero,- sugirió Bustos, henchido de orgullo
informativo.
-
Bueno, que venga él.
Apenas
Bustos salió, Martello llamó a la morgue por celular y pidió que en
cuanto pudieran, le pasaran algún dato para identificación del cuerpo:
huellas digitales, dentadura, cualquier cosa.
El
ayudante le pasó con Lynch.
-
¿Tiene algún nombre, Martello? - preguntó el forense.
-
Podría ser.
-
¿Novedades de Desaparición de Personas?
-
No tengo nada por ahí.
-
Apenas tenga algo que pueda servir, lo llamo. Ah, antes de que me olvide:
está lista la pericia forense del automotor de González del Río.
-
¿Me puede pasar una copia por fax? Después de que se la pase al juez,
claro.
-
Como no. Un gusto, che.
No
había tenido tiempo de cortar que Bustos se apersonó en la oficina.
-
Tengo a Romero acá afuera.
-
Hágalo pasar pero antes dígame por favor el nombre de pila.
Bustos
se quedó pensando qué le había querido decir.
-
Que cómo se llama.- El cabo
lo miró como si él fuera un extraterrestre.- Me imagino que no lo
anotaron como "Termo", ¿no?
-
¡Ah! Roberto. Pero nadie le dice Roberto, le decimos ...
-
Está bien. Que pase.
Roberto
"Termo" Romero era lo último que uno podría imaginarse en
materia de maridos de alguien. Desaseado - por no decirle
"mugriento" -, el pelo grasiento y largo se le adivinaba grisáceo.
La media sonrisita canchera dejaba adivinar un brillo sospechoso cuando el
sujeto se presentó. Martello tuvo que esforzarse para ocultar el
desagrado.
-
Tome asiento, por favor. Estoy tratando de localizar a la señora Sandra
Bermúdez.
-
Mi señora,- aclaró el hombre, ampliando la sonrisa centelleante de oro
odontológico.
-
Necesito hablar con ella para confirmar una información.
-
¿Hay algún problema con la Sandri?
-
En principio no.- Y no dijo más, a la espera de que Romero confirmara la
información que le había dado Bustos.
-
Pero la Sandri se fue pa' la capital por un trabajo.
-
¿Podría ubicarla? Quizás podamos charlar telefónicamente y...
-
No hay problema. La llamo a la casa de la madre.
Martello
le ofreció el teléfono pero Romero negó con la cabeza.
-
No, mi suegra tiene celulá. Uso el mío,- Sacó el último alarido tecnológico
del bolsillo del jean manchado y probó dos o tres veces sin éxito. -
Q'seyo, habrá salido.
-
¿Cuánto hace que se fue su mujer?
-
Y... una semana, masomeno.
-
¿Y usted habló con ella en estos días?
-
No.- El tipo se encogió de hombros.
-
O sea que hace una semana que usted no sabe nada de ella.
-
Bueno, ¿qué hay? Ella va muy seguido. A vé a la madre, a trabajá... Es
modelo, desfila. A vece' se va a otra provincia con los desfile' y se
queda dié día...- La "s" de "desfile" le sibilaba
entre los labios delgados.- A vece me llama, a vece' no tiene tiempo. Yo
no soy celoso, je.- Otra vez el oro relució altanero en la sonrisa del
tipo.
Había
algo irritante en el sujeto y no era nada más que su aspecto, se juró
Martello. La siguiente pregunta la hizo más que nada para ver si se
conmovía con algo.
-
¿Tiene conocimiento de la relación íntima de su mujer con Lauro González
del Río?
El
hombre enarcó una ceja despectiva mientras se sacaba un mechón de pelo
de la frente.
-
Acá les gusta hablar mierda de todo el mundo.
-
¿Entonces, usted lo desmiente?
-
La gente es envidiosa.- Pero desvió la mirada y Martello se agarró del
microscópico gesto de derrota para machacar.
-
Nada más necesito un sí o un no.
El
tipo se encogió de hombros.
-
La Sandri sabe lo que tiene que hacé.
Nunca conocí un cornudo consciente tan pagado de sí mismo. Pedazo de
pelotudo. Martello dudó entre cogotear al mugroso, mandarlo de culo
al calabozo por desacato, o seguir preguntando con cara de comisario
aburrido. Optó por la última, más que nada en beneficio propio.
-
Está enterado de la muerte de Lauro González, ¿no?
-
Salió en todo' lo' diario'.
-
No fue un accidente. Fue un atentado.
El
hombre abandonó la postura indolente. Pero
podría ser calculado. Insistamos
un poco más.
-
¡A la mierda! ¿Lo liquidaron?
-
Y si su mujer tenía una aventura con González, uno de los sospechosos
por esa muerte es usted.- Martello se recostó contra el respaldo del sillón
para disfrutar del giro de la situación. No
te gustó un carajo,¿eh?
Romero
sacó un paquete de cigarrillos negros y le preguntó si podía fumar. Le
dijo que sí.
-
Sabe... - el tipo hablaba con el cigarrillo entre los dientes. - La Sandri
y yo tenemo' una relación, cómo le diría, abierta, ¿vio? Nosotro'
somo' abierto'. A ella le gusta hacé de modelo, ¿vio? y yo no le digo
nada. ¿Entiende?
-
Entonces González le conseguía trabajos de modelo.
-
Y, el tipo tenía un montón de relacione. En Canal 10, en el 8, el cable.
La Sandri salió en un montón de programa de cable.
-
¿Y qué fue a hacer esta vez?
-
Fue al Canal 10, sale en un show de música tropical.
-¿Usted
la vio?
-
Fue a hacé las prueba. Pero seguro que queda. Baila bien.
-
Y a usted le gusta que ella salga en la tele.
-
Y, linda, es linda. Claro, no es una piba, ¿vio?, y ahora en la tele las
quieren pendeja. Quince, dieciséi año. La Sandri tiene veintinueve.
Q'seyo, tenía la ilusión de la tele así que le dije andá y probá
total si no te contratan pa' bailá por ahí quedá para un desfile.
Tiene
razón: ella será bonita pero ya no tiene la edad necesaria para hacer de
muestraculos en un programa de bailanta. Con veintinueve, había
dejado atrás la edad adecuada para inciarse en el mundo de la prostitución
bien remunerada del espectáculo, al menos mientras mantuviera la carne
firme y la boca adecuadamente cerrada. Martello dejó pasar un silencio,
mientras trataba de encontrar la mirada huidiza del tipo.
-
¿Por qué tolera una situación semejante? No estamos en una ciudad de
cinco millones de habitantes como para que nadie sepa lo que pasa en la
casa de al lado.
Romero
aplastó el cigarrillo en un cenicero.
-
Ella me quiere a mí.- se golpeó el pecho con el pulgar.- A mí. Soy el
único que la banca. ¿Sabe que me dicen "Termo"? ¿A que no
sabe por qué?
-
Me lo imagino. - Abstengámonos de
comparaciones odiosas.
-
Ella siempre vuelve conmigo. Siempre.- aseveró con un movimiento de la
mano.
Y eso te basta para ser feliz. Qué suerte tenés, hermano, con qué
poco te arreglás. Decidió dar por terminada la entrevista, por lo
menos hasta que consiguiera algo más concreto.
-
Romero, cuando se comunique con
su mujer, infórmele que necesitamos hablar con ella por el caso González.
Puede irse, pero no puede salir de la ciudad.
-
¿Qué, soy sospechoso?
-
A los efectos de la investigación, todavía sí.
El
tipo enarcó las cejas y se pasó la mano por el pelo, echándoselo para
atrás.
-
Está bien. Yo la llamo a la Sandri y le esplico.
El
tipo se fue y Martello se quedó haciendo dibujitos en el block de
anotaciones. Dibujó dijes con letras "S" y autos. El auto de
González. El teléfono-fax ubicado encima del archivero empezó a sonar.
Le pidieron señal y el aparato empezó a vomitar hojas con el sello de la
morgue judicial.
Martello
juntó los papeles y empezó a leer. En el tapizado había de todo: pelos
de distintos largos y colores, teñidos; vellos pubianos; fibras sintéticas
de prendas de vestir; manchas de fluidos orgánicos, semen y saliva para
empezar. ¿Sangre? Nada más que la del occiso. ¿Antigüedad de las
manchas de semen? Una semana como mínimo.
El
teléfono sonó de nuevo. Más faxes. Estaba tan interesado en el informe
que no prestó atención a los papeles hasta que se cayeron al suelo.
Cuando los levantó, encontró las huellas digitales de la mujer
encontrada el día anterior más el informe preliminar: muerte por
estrangulación. Sin perder un minuto, llamó a la central y pidió hablar
con el oficial a cargo del archivo de impresiones digitales.
-
Negrito, habla Hugo Martello. Necesito un favor.
-
¡Qué hacés, Loquito! Lo que necesites.
-
Ahí te voy a mandar un fax. Tengo que identificar esas huellas urgente.
-
Lo más rápido que pueda, Loquito. ¿Qué es?
-
Víctima de homicidio. NN por ahora.
-
Comprendido. Cambio y fuera.
-Chau,
hermano y gracias.
La
sensación que le había caminado por la espalda toda la mañana le dio un
sacudón en el diafragma. Escribió los nombres: Sandra Bermúdez, Lauro
González, Roberto Romero, María del Carmen Ayala. Tanta sordidez, tanta
mentira, lo espantaban. ¿Dónde estaría Sandra Bermúdez, que su marido
no podía localizarla? ¿Sería tan "liberal" la relación? ¿O
el tipo al fin se había hinchado las pelotas y...? Todavía
no sé nada de ese cadáver, aparte de que es mujer
y lleva un dije con una "S". Podría ser cualquiera.
Claro, y los chanchos vuelan.
Ilustración:
“En el ojo de Escher”, Maurits C. Escher
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