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7.-
Lo
último que Martello hubiera esperado era encontrar a los cuatro notables
en la esquina del accidente. Los cuatro estaban fuera del auto, cogoteando
para espiar el vehículo rodeado por la cinta plástica.
Uno de los efectivos de la camioneta impedía el acercamiento de
curiosos: plantado con las piernas separadas, ostentaba el uniforme
camouflage con la diestra posada como al descuido en la culata de la
reglamentaria. Todo un adalid de la ley y el orden. El otro miembro de la
patrulla se acercó al trote y se le plantó delante en posición de
firmes, igualito que un infante de Marina.
El dúo Pardepe en acción, pensó
con sorna el comisario y rezó porque a nadie se le ocurriera hacer un
movimiento sospechoso que hiciera que los hombres de élite de la Regional
empezaran a los cuetazos.
-
¿Los testigos? - preguntó y el suboficial que se le había acercado
cabeceó hacia los cuatro hombres. Martello miró alrededor. Las luces de
algunas ventanas se estaban encendiendo pero nadie se asomó, no fuera
cosa de quedar pegado y tener que ir a declarar a esa hora de la
madrugada.
El
grupo estaba nervioso; uno murmuraba: "No lo puedo creer, no lo puedo
creer" y miraba al auto incrustado en el cerco de piedra. La mayoría
de las casas de la edad de oro de la ciudad tenía cercos de piedra
tallada. En los últimos tiempos, algunos propietarios - unos nuevos,
otros antiguos; la población migraba bastante rápido desde hacía unos
cinco años, le habían informado al hacerse cargo del puesto, - habían
agregado alambrado por encima de las piedras, avisorando malas nuevas épocas.
Esta casa todavía no tenía el alambrado y el auto estaba sólidamente
aplastado contra la obra maestra de mampostería de tiempos pasados y
mejores. Martello se asomó al interior retorcido y lo iluminó con la
linterna que le alcanzó el suboficial. Había manchas oscuras y todavía
húmedas sobre lo que quedaba del volante y del asiento del conductor,
apenas reconocibles entre pedazos de metal que desgarraban la cabina desde
el motor como los dientes de un saurio prehistórico. Este
tipo venía en el aire cuando se la dio, filosofó. Se volvió hacia el grupo y empezó a preguntar.
Sí,
habían visto el accidente. No, no, escucharon el ruido del choque y se
desviaron para ver. Bueno, sí, pero lo vieron justo cuando... bueno, ya
se sabe, ¿no?. No, no se sabe así
que veremos, pensó Martello y siguió preguntando. Dejaron el auto y
se acercaron. No, no, mucho no, pero vieron moverse al conductor. Después
se dieron cuenta de que era el auto de González del Río. No, no habían
tenido tiempo de llamar al 101: la camioneta llegó enseguida. En
realidad, ellos sólo pasaban y, no, ni idea de cómo había sido.
Hablaban todos juntos, uno encima del otro, apurados, cada uno desligándose
del asunto lo más rápido posible.
Martello
hizo memoria: González se había ido del estacionamiento del restaurante
como alma que lleva el diablo; mientras él decidía si volvía por el café
o se iba, los cuatro hombres salieron, lo
saludaron y se fueron, ni rápido ni despacio. Pero las luces
traseras del auto de González todavía se veían cuando los otros ya
estaban en la calle. El
comisario recordó las miradas curiosas de los tipos a la carpeta que González
le había entregado. Y uno de ellos
aparece en la lista... ¿Sospecharían algo? En un lugar en donde el
deporte local es contarse las costillas unos a otros, las sospechas y
suposiciones están a la orden del día.
Mientras
escuchaba a los cuatro atropellarse mutuamente al hablar, una parte de su
mente anotaba preguntas para más tarde. Si habían reconocido el auto de
González y lo habían visto herido, ¿por qué no intentaron ayudar? Otrosí
digo, preguntar a los de la patrulla la hora a la que tuvieron la
información del accidente y cuánto tardaron en llegar. ¿Cómo pudo
ser que escucharan el ruido del choque y luego vieran el momento del accidente? Alguien se acababa de pisar y
se estaría mordiendo algo más que la lengua.
El
comisario se alejó para mirar el auto de los tipos pero no encontró señales
de impacto. Le hizo señas a uno de los uniformados, que se acercó al
trote.
-
Dejen una guardia en el lugar. Que
nadie invada el perímetro del accidente hasta que llegue el perito. Yo
voy a citar a éstos - señaló hacia atrás con un cabezazo, - mañana, a
declarar. Averigüen si hubo algún otro testigo y me lo informan a mí
directamente, ¿está claro? Nada más que a mí,- deletreó. El
suboficial chocó los talones y asintió.
-
¡Señor! - el otro uniformado corrió hasta ellos, deseoso de
protagonismo.- Cuando retiraron al accidentado del vehículo, este objeto
quedó en el interior. - Se ve que
el chico estudia el léxico a conciencia, pensó Martello mientras tomaba la bolsita de plástico de
modo que los hombres a sus espaldas no vieran el contenido. Sin sacar el
objeto, dobló con cuidado la bolsa y se la metió en el bolsillo del
saco. Volvió hasta el grupito y los citó a todos para el día siguiente.
Los hombres se metieron al auto y se fueron como alma que lleva el diablo,
no fuera que el comisario cambiara de opinión y los invitara gentilmente
a tomar café en la Regional.
El
día empezó temprano para Martello, que no había podido dormir. Sin
embargo, el insomnio había sido productivo y el comisario tenía ya
bastantes preguntas para sus citados de esa mañana. En la Regional, los
decibeles del barullo habitual habían aumentado al doble, en parte debido
a las visitas del periodismo local. El run-run alcanzó niveles de griterío
y Martello levantó el teléfono para interiorizarse de la situación.
-
Insisten en hablar con usted, señor,- Bustos jadeaba del otro lado del
auricular, lo mismo que un corresponsal de guerra en el momento del
bombardeo. Cómo te gusta el show...
-
Todavía no hay declaraciones.- Cortó a sabiendas de que Bustos haría su
numerito ante la prensa.
"El
comisario Equis no hará declaraciones. No, señor periodista, no insista.
No, no podemos adelantar ningún tipo de información". La pantomima
continuaba hasta que algún persistente deslizaba alguna clase de soborno
más o menos leve en las manos del cabo: entradas para un festival folclórico
o la próxima presentación del grupo tropical de moda; vales para cenas
gratuitas en las parrillas más conspicuas de la ciudad. Dinero, nunca.
Eso sí era criminal y Bustos no comía vidrio. Lo otro podía disfrazarse
de sincera amistad, generosidad de los medios gráficos o cualquier otra
frase estúpida y obvia pero eficaz para desviar las sanciones hacia otra
parte. Y entonces, luego de la dádiva, el cabo soltaba prenda a
cuentagotas, como si se tratase de secretos del recontraespionaje.
Todavía
no había informe forense, así que no había mucho para alimentar el fogón
del chismerío local, pero Martello no tenía duda alguna de que el
ansiado reporte sería leído por muchos ojos de la Regional antes que los
suyos, nada más que para retribuir los favores recibidos. Y cuando
leyeran la cantidad de alcohol ingerida por el occiso, saltarían chispas
de los teléfonos.
Levantó
el interno para pedir café y Cáceres le anunció que los testigos habían
llegado.
-
Haga pasar a uno y llámeme por el interno en diez minutos.
El
primero en entrar a su despacho fue Santiago Saguie, uno de los ilustres
miembros de la lista de González. Martello hizo un esfuerzo por no
apretar los dientes y que se notara. Saguie pertenecía a la clase alta de
la ciudad, aunque nadie recordara muy bien a qué se había dedicado en
sus años mozos. Era obvio que lo que hubiera hecho para subsistir le había
alcanzado para adquirir y restaurar una de las mejores propiedades
antiguas de la ciudad: un chalet en la falda de la montaña, enmarcado por
pinos, cipreses y cedros azules dispuestos con arte. Una ubicación
privilegiada por varios motivos: la vista panorámica, la belleza de la
construcción en piedra y el aislamiento. El chalet era visible desde
varios kilómetros a la redonda, pero no así su acceso, siempre oculto
por el monte que cubría los alrededores y protegía la casa de chismosos.
Al mirar a Saguie nadie jamás hubiera dicho que el viejo se anotaba en
las joditas, con ese aspecto de prócer en el ostracismo.
Martello
le preguntó si quería un café pero Saguie negó con la cabeza, así que
pidió uno para él. Necesitaba esa dosis de cafeína. Y quién sabe, una o dos más: el dolor de
cabeza lo rondaba como un perro con hambre.
-
Tráigame también una aspirina, Cáceres,- dijo en tono lo
suficientemente medido como para el cabo comprendiera que la orden era
para ser cumplida de inmediato, y así lo hizo, presentándose en tiempo récord
ante la superioridad en posición de firmes, con la taza de café y la
aspirina.
-
¿Cómo fue que se encontraron anoche con González? - preguntó el
comisario luego de atragantarse con el café y el comprimido.
-
No nos encontramos... - Saguie replicó seco.
-
Me expresé mal: cómo fue que se lo cruzaron en el momento del accidente.
-
Ya le dijimos anoche: escuchamos el ruido del choque, estábamos cerca y
llegamos al lugar.
-
¿Cómo supieron adónde ir?
-
A esa hora no había mucha gente en la calle. Dimos un par de vueltas y lo
encontramos.
-
¿En qué calle estaban cuando escucharon el choque?
Estaban
en la avenida principal. A tres cuadras de donde había ocurrido el
accidente. Martello le recordó que uno de ellos dijo que habían visto el
accidente. Saguie no sabía, no lo recordaba: él se acostaba temprano y
aquella salida estaba fuera de sus horarios, así que se había quedado
medio dormido. Cosas de viejo. Al preguntarle precisiones sobre la hora,
Saguie vaciló entre las doce y media y la una de la madrugada. El interno
sonó puntualmente y Martello respondió.
-
¿Me disculpa un momento? Enseguida vuelvo.
-
¿Demorará mucho? Tengo cosas que hacer.
-
Cinco minutos,- y el comisario salió sin darle espacio para protestar.
Afuera,
le hizo señas a Cáceres y el cabo se acercó al trote a recibir
instrucciones. Martello no acababa de entrar a la oficina vacía de su
superior - que sólo se ocupaba una vez al mes, cuando el jefe de la
Regional hacía su visita -, cuando Cáceres apareció escoltando a otro
testigo. Se ve que la ensalivada de
culo que le pegué el otro día funcionó. No hay caso, son todos hijos
del rigor.
Las
preguntas a Otto Koppf fueron parecidas a las que le hizo a Saguie y las
respuestas, casi calcadas. ¿Dormitaba en el momento del accidente? No,
por supuesto que no, respondió el hombre, extrañado. Dejó a Koppf en la
oficina y se encerró con los dos restantes: Alberto Straub y Humberto
Russo.
La
familia Straub figuraba entre las fundadoras de varios hoteles. Cuando el
manejo de los negocios recayó en manos de hijos y yernos, prolijamente se
ocuparon de irse casi a la ruina con la excusa del deterioro de la economía
nacional y los ministros ad-hoc; el desprestigio del turismo interno; los
impuestos exactivos que los intendentes pretendían cobrarles justo a
ellos, que colaboraban con el municipio regalándole estadías para las
"estrellas" invitadas a los festivales y agasajos a base de
sandwiches de miga, o las cenas proselitistas con vino (barato) incluído
para recaudar fondos para el político local de turno y de paso ganar unos
porotos. ¿Y encima tenían que pagar semejantes impuestos? ¡Si la
temporada era cada vez más corta y los turistas gastaban cada vez menos!
No, si a un trabajador honesto no lo dejan vivir en este país, y allá
iban los hijos y los yernos con 4x4 nuevas cada dos años, Brasil y Punta
del Este, alguna escapada a Miami, "compromisos de negocios" a
Buenos Aires y demás necesidades sociales que los dejaban sin fondos para
pagar al Fisco, arreglar las goteras cada vez más grandes o cambiar las
alfombras desgastadas de los otrora hoteles de varias estrellas.
Russo
confirmaba el dicho popular que rezaba: "Padre estanciero, hijo
caballero, nieto pordiosero". Heredero de fracciones de campos en el
sur de la provincia, se había dado la buena vida en su juventud y subsistía
con el alquiler de esos mismos campos que había descuidado y que ahora
ponía en manos de arrendatarios más o menos cumplidores, todo dependía
de la cosecha.
Koppf
era propietario de varios locales comerciales en la ciudad que
administraba hábilmente y sin intermediarios, pero su fuente principal de
ingresos eran los préstamos usurarios. Era preferible deberle plata al
Fisco que a Koppf, cuyas espaldas estaban cubiertas por abogados capaces
de ejecutar - en el sentido procesal del término,- a tu vieja, tu hija y
tu hermana juntas para cobrar la deuda. Straub y Russo vivían de las
apariencias y de los préstamos a cuentagotas de Koppf, que no comía
vidrio y no les daba más de lo que le podían devolver. Y en todo caso,
si la deuda crecía, siempre estaban las propiedades, ¿no? La sospecha
generalizada aunque no verbalizada en la ciudad era que, a cambio de los
favores recibidos, Straub y Russo hacían las veces de
"cobradores" para Koppf.
A
esas alturas, Martello no esperaba escuchar algo distinto de los dos últimos.
Era obvio que todos - o al menos tres de ellos, -
habían concertado qué decir. Se
habrán pasado la noche estudiando el libreto. Eso no le importaba. La
contradicción que buscaba estaba en otra parte.
El
comisario llamó a Cáceres y le pidió que trajera a Saguie a la oficina
de la jefatura mientras él escoltaba a Straub y Russo al mismo lugar. Los
cuatro hombres intercambiaron miradas rápidas y se sentaron algo rígidos
en las sillas incómodas que Cáceres y Bustos trajeron.
Todavía
de pie, Martello metió una mano en el bolsillo como si buscara algo y un
teléfono celular empezó a chillar. Russo sacó su aparato, miró la
pantallita titilante y casi dio un salto en la silla.
-
¿Algo importante? ,- preguntó solícito el comisario. Russo estaba pálido
mientras respondía a un interlocutor que ya había cortado la comunicación.
Segundos
después, otro celular sonó y el que saltó fue Straub, con el mismo
resultado. Nuevo chirrido, nuevo sobresalto de Russo. Koppf y Saguie los
miraban sorprendidos.
Martello
se acomodó en el sillón de la jefatura y sacó un teléfono celular de
su bolsillo. Tecleó y les mostró la pantallita a sus invitados.
-
Anoche, unos minutos antes del accidente, ustedes llamaron a González
tres veces, desde sus celulares.- Señaló la pantalla.- Éste es el teléfono
de González, - el que el suboficial había encontrado en el auto
accidentado la noche anterior, - aquí están los números y así es como
yo acabo de llamarlos. ¿Qué era eso tan importante que tenían que
decirle a González?
-
¡Por Dios, comisario, qué broma de mal gusto! - chilló Russo.
-
¿Creyó que lo llamaba un muerto? - replicó Martello.
-
¡No es gracioso!
-
Ya lo creo que no. ¿Podría decirme por favor de qué tenían que hablar
con González en el momento de su accidente?
-
No creerá que... - Straub amagó a defenderse.
-
Yo creo nada más que en las pruebas.
Koppf,
Straub y Russo se encerraron en un mutismo tozudo. Saguie, seguro de que
el palo no era para él, se acomodó en su silla y se permitió esbozar
una sonrisita que le llegó a los ojos verdes medio velados por los párpados
arrugados. ¿Entonces, es un asunto
de los otros tres? ¿González le debía plata a Koppf? Decidió
apretarlos un poquito y puso su mejor cara de efigie funeraria etrusca.
-
Señores, puedo pedir que se rastreen sus llamadas. Mientras me llega esa
información, puedo decidir dejarlos detenidos en calidad de imputados por
homicidio. - El sobresalto les cortó la respiración a los tipos.- También
puedo volver a preguntarles porqué llamaron a González anoche tantas
veces, justo antes del accidente, y ustedes pueden responder honestamente
y salir de esta comisaría libres de culpa y cargo mientras yo me olvido
de los cargos por falso testimonio.
Koppf
apretó los labios hasta que le quedaron blancos. Russo y Straub estaban
paralizados, a mitad de camino entre la lealtad hacia su benefactor y la
posibilidad de pasar unas vacaciones en los calabozos de la Regional.
Saguie le dedicó una mirada fría que no transmitía nada.
-
González del Río tenía una deuda importante conmigo,- aflojó Koppf,
para alivio de sus secuaces.- Lo único que queríamos era sentarnos a
tomar un café y charlar sobre el asunto. Llegar a un acuerdo amigable.
Les pedí a los muchachos que lo llamaran. Yo no uso celular, soy medio
viejo y no me acostumbro,- sonrió de costado.
El Provenzano local. Me imagino la clase de "acuerdo amigable".
-
¿Y entonces?
-
Lo llamamos una vez y cortó. Vimos pasar el auto y lo seguimos. Llamamos
de nuevo. Él iba muy rápido. Muy rápido,- Koppf meneó la cabeza y
frunció el ceño.
-
¿Quién manejaba de ustedes?
-
Yo,- intervino Russo.
-
¿Lo persiguieron?
Hubo
una pausa larga y Straub continuó.
-
Queríamos hablar con él. Bien, sin quilombos. Cuando nos acercamos, él
aceleró y se alejó muy rápido. Él - Straub señaló a Russo con un
cabezazo - lo llamó, quería decirle que se tranquilizara, pero González
del Río no atendió. Me pareció que quería doblar cuando... cuando se
estrelló en esa esquina. Fue un accidente, Dios mío, iba como un loco. -
El hombre enterró la cara entre las manos. Russo meneaba la cabeza y
Koppf había bajado la mirada al suelo. El único que no mostraba impacto
alguno era Saguie. Se sabe limpio.
Pero entonces, ¿qué mierda estaba haciendo con estos tres? Martello anotó mentalmente una cita privada con el viejo.
El
ring del teléfono cortó el aire como con una navaja.
-
Comisario, el ingeniero Borrelli para usted ,- anunció Bustos del otro
lado.
-
Ya voy. Páselo a mi oficina. - y a los cuatro - Espérenme, por favor.
El
interno ya sonaba cuando él entró y cerró la puerta. Borrelli era el
perito mecánico y accidentológico. Uno de los mejores de la provincia,
había que admitirlo, pese a su deformación profesional de explicarlo
todo con lujo de detalles. Cuando la cosa se puso seria y Borrelli empezó
a describir la fórmula para el cálculo de la energía frenante en el
momento del impacto, Martello consideró que lo más saludable para su
dolor de cabeza era una pregunta específica.
La
respuesta del perito lo dejó sin habla durante diez segundos: el auto de
González del Río no tenía una gota de líquido de frenos. ¿Podía
haber sido intencional?, preguntó Martello y Borrelli estuvo de acuerdo
en que esa probabilidad era una posibilidad concreta. A Martello se le
cayeron algunas hipótesis al suelo. ¿La luz testigo de bajo nivel de líquido
de frenos no funcionó?, preguntó. Si funcionó, ya que el estado del
auto no permitía saber si estaba operativa en el momento del impacto, el
conductor no la advirtió hasta que fue demasiado tarde. Y si además,
como lo demostraba la evidencia de las marcas de neumáticos, había
intentado maniobrar y frenar, el sistema había expulsado el poco líquido
que le quedaba y el resultado era el que tenían entre manos. Borrelli
prometió adelantarle la pericia completa por fax y se despidieron.
Con
la nuca apretada por la mano de un gigante de la mitología germana de
esos que están siempre de mal humor, Martello intentó pensar. Si Koppf
de veras quería recuperar su deuda, no liquidaría a González antes de
pagarla. No tenía sentido que le hubiera mandado sabotear el auto. Y sin
embargo, su persecución desató la tragedia. Los hombres habían sido
partícipes involuntarios del homicidio que alguien más había
organizado.
Volvió
al despacho en donde estaban los cuatro y les dijo que podían irse, no
sin aclararles que no salieran de la ciudad y que los citaría nuevamente.
No dijo una palabra acerca del informe de Borrelli: después de todo,
todavía era secreto de sumario.
De
vuelta en su oficina, la nausea se hizo dueña y señora de su miserable
existencia. Llamó a un agente y lo mandó urgente a la farmacia a
comprarle su droga dura preferida: ergotamina con dipirona. Tenía
decidido ver a Saguie esa misma tarde y ningún dolor de cabeza lo haría
retroceder.
Dos
comprimidos-bomba más tarde, el dolor de cabeza había cedido y nada más
quedaba la nausea. Una molestia menor, comparada con el martirio previo.
Sin almorzar para evitar incidentes desagradables, - vomitar lo asustaba
desde que tenía uso de razón,- se subió al auto y condujo prudentemente
hasta la casona de Saguie.
Había
que admitirlo, el paisaje era bellísimo y la casa brillaba en la mitad de
la cuesta como una perla verrueca. Pero tan pronto como se tomaba el
camino de acceso lleno de vueltas y de árboles, dejaba de ser visible.
Desde la pequeña explanada delante de la casa, Martello pudo verificar
que desde arriba las curvas del camino estaban bien a la vista.
El que diseñó el acceso era
un maestro del camuflage.
Llamó
a la puerta y Saguie en persona abrió. Si estaba sorprendido, el viejo se
cuidó de ocultarlo. Lo invitó a pasar con cortesía y le ofreció algo
para tomar, pero el comisario ya había cubierto su dosis de alcaloides así
que declinó con gentileza.
-
Si no le molesta, estaba a punto de servirme un té.
-
No hay problema.
Saguie
tenía la camisa arremangada y Martello se anotició de las marcas de
pinchazos en el antebrazo. ¿El tipo sería adicto? Bueno, él no estaba
ahí para eso en ese momento. Paseó la mirada por la habitación. Ahí
estaba la consabida vitrina - ¿será posible que todos los viejos tengan una? Tendré que ir pensando
en conseguirme alguna para cuando me jubile, - con objetos preciados
por su dueño. Se acercó a curiosear. En el interior se exhibían armas
de fuego: una pistola MAB,
una MAC-50, un revólver Manurhin y otra pistola más pequeña que no
reconoció; una plaqueta, boinas, divisas y charreteras con el dorado
ennegrecido por el tiempo. La plaqueta estaba dedicada a "
Colonel Jacques Saguie, ses copains et amis - Argel, 1961".
Saguie
volvió con la taza y Martello comprendió que en la casa no había
personal de servicio. Tampoco había ese desorden cálido y querible de
una casa habitada por varias personas. El hombre vivía solo y se las
arreglaba bastante bien, por lo visto.
-
Ah, mis pequeños trofeos,- sonrió Saguie y por primera vez Martello
advirtió la levísima guturalidad de las erres del hombre. - Recuerdos de
juventud. Tuve que dejar el frente cuando la diabetes me declaró su
guerra personal.
Martello
respiró un poquito más tranquilo: los pinchazos eran de insulina. Y
también entendía un poco mejor el orden estricto de la casa.
-
Bien, lo escucho, comisario,- dijo el viejo y Martello tuvo la sensación
de que el interrogado era él mismo.
-
Quise verlo en privado porque me quedaron algunas dudas.- Saguie se acomodó
en el sillón para tomarse el té.- Creo que entendí perfectamente porqué
sus compañeros tenían interés en reunirse con González, pero no veo
sus propios motivos.
-
Estaba en el auto con ellos, nada más.
-
Y antes habían cenado juntos.
-
Así es. Un encuentro de amigos.
-
No sabía que Koppf tenía amigos.
Saguie
se rió en voz baja.
-
Es cierto que no tiene muchos. Pero conmigo tiene una buena relación.
-
Por lo visto, usted no le debe plata.
-
No, gracias. Entre mis medios de subsistencia no están los préstamos de
usureros. Todavía puedo ganarme la vida por las mías.
Si
Saguie lo hubiera dicho humildemente, quizás Martello no hubiera saltado
como lo hizo, reflexionó más tarde. Pero el tonito de suficiencia del
viejo lo irritó. Lo estaba acicateando, casi invitándolo a preguntar lo
que no debía. Y Martello vivía precisamente de eso: de preguntar lo que
no debía.
-
Por ejemplo, alquilando su casa para orgías, - largó sin poder
contenerse más.
-
¿Eso es una acusación? - devolvió Saguie, impertérrito.
Martello
sacó dos videocasetes de la bolsa que traía consigo.
-
Si tiene una videorreproductora se los puedo mostrar, así le refrescan la
memoria.
Ni
siquiera entonces el viejo pestañeó o perdió la sonrisita sobradora.
-
Ah, siempre el mismo asunto dando vueltas. "Las acciones privadas de
los hombres..." Eso dice su Constitución, ¿no?
-
Pero si esas acciones privadas afectan a menores de edad, entonces la
Constitución autoriza a caerles encima a los hombres con todo el peso de
la ley.
El
viejo se bebió un buen trago de té antes de responder.
-
Por lo general soy discreto. Es lo que se espera de mí. Mi discreción me
jugó una mala pasada en esa oportunidad. Por supuesto nunca participé de
esos encuentros. - Martello aguantó la mueca sardónica: "encuentros.
" - Salí limpio pero sufrí mucho durante todo el proceso, se lo
aseguro.
Claro, te habrás quedado
sin alquilar el bulín durante un tiempito largo.
-
Dígame, Saguie, ¿no le afecta que lo consideren un vulgar alcahuete?
-
Vamos, comisario, usted no puede ser tan inocente. ¿De qué se cree que
viven los hoteles de esta zona en el invierno?
De las trampitas de los ejecutivos, empresarios y funcionarios
provinciales, que son capaces de recorrer más de doscientos kilómetros
para divertirse en privado. Esto no es Buenos Aires.
-
Y usted les ofrece mucha privacidad y discreción.
-
Por lo general, parejas que buscan un refugio menos conspicuo. Aquí no
hay registro de pasajeros. Sólo recibo a amigos o recomendados por
amigos, que invito a pasar una noche o un fin de semana. Me ocupo de la
comida, el desayuno, la ropa limpia. Muchas veces no sé ni con quién
vienen.
-
Como con el asunto de los videos.
-
Ese fue un error, lo admito. Gaudet tenía un gran poder de convicción y
nunca aclaró que se trataba de menores. No fui procesado. Ni siquiera
estaba en la casa cuando ocurrieron los hechos.
"Los hechos".
Eufemismo por "arruinar la vida de mocosos inocentes". Y lo dice
tan tranquilo.
-
¿González se contaba entre sus amigos?
-
Venía.- dijo sin aclarar nada.
-
¿A menudo?
-
Podría decirse que con cierta frecuencia. No llevo registros, ya le dije.
A
esas alturas de la conversación, Martello había llegado a varias
conclusiones. Una de ellas, que Saguie mentía acerca de los registros. ¿Para
qué insistir tanto con algo que no hacía? Porque sí lo hacía pero no
quería que lo supieran quienes no debían. ¿Y para qué guardarse la
info? Para usarla cuando hiciera falta, claro. ¿Y dónde había adquirido
"le colonel Saguie" esos hábitos tan particulares? No en el ejército
francés. Pero muy posiblemente en el servicio secreto francés, en
Argelia.
Un
profesional del apriete, eso es lo que eras en Argelia. Y no te retiraste
por la diabetes. Te sacaron cuando vieron que perdían la guerra y te
mandaron bien lejos, para lavarse las manos de tus cagadas respaldadas por
el Estado. ¿Qué hiciste durante nuestros años de plomo, Saguie? ¿Diste
clases en algún centro clandestino de detención?
Profesional
contra profesional, Martello sabía que ese no era
su momento. Tendría que esperar la oportunidad.
-
Una última pregunta y me voy. - Saguie lo miró con educado interés.- La
información que usted no tenía sobre González, ¿la conocía Koppf?
El
viejo sonrió como un gato que se acaba de comer el pescado.
-
Si yo tuviera datos que no tengo, no los ofrecería gratuitamente al
primer recién llegado.
La
respuesta tenía varias interpretaciones y Martello eligió una: Koppf le
pagaba al viejo por la información. Pero tenía que ser algo tangible y
no simple chusmerío. ¿Fotos? ¿Filmaciones? No podía meterse en la casa
de Saguie sin una orden de allanamiento, a buscar pruebas...¿de qué? ¿De
los adulterios de media provincia? ¿De las medidas extorsivas de Koppf
para cobrarle a sus escasamente inocentes incobrables?
"Las acciones privadas de los hombres..."
Pero había un muerto: González. No, uno no: tres, aunque Grünebaum
no contara. Si Saguie no estaba en la casa cuando ocurrieron los hechos,
entonces ¿por qué González habría incluído a Saguie en la lista? ¿Querría
asustarlo para sacárselo de encima? ¿O recuperar la información que
Saguie "no tenía" acerca de él?
Nunca se le había ocurrido que González pudiera usar la bendita
lista para su propio beneficio. Soy un boludo de primera clase. Me quería usar para sacarse de encima a
Saguie y de paso a Koppf. Y yo me tragué el anzuelo. Pero González
estaba muerto, Saguie limpio y Koppf sin poder cobrar la deuda.
Se
levantó con lentitud para que los jirones de nausea todavía presentes no
lo hicieran vacilar.
-
¿Puedo hacerle una sugerencia, comisario?
-
Por supuesto.
-
Yo en su lugar, le preguntaría a Koppf por el motivo de los préstamos a
González del Río.
-
Gracias. Es lo que pensaba hacer.
Salió
y manejó despacio cuesta abajo mientras pensaba que Koppf sería
el más interesado en en
preservar la salud de González.
Entonces, ¿por qué este hombre inculpa a Koppf? No, no a él, sino al
"motivo". Un motivo que Saguie conocía bien.
Un amante. Hombre o mujer, seamos amplios de criterio. ¿Sabotearon el
auto de González por celos? Tendría
que ir a ver a la viuda de González. Eso sí, esperaría hasta después
del entierro: antes, sería de mal gusto.
Ilustración:
“Encuentro”, Maurits C. Escher
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